POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 118
—Es verdad –dijo María, mordiéndose los labios.
—Pues claro que es verdad –dijo Pilar cariñosamente–. Pero no se lo digas
ni a tu propia familia; nunca te creerán. ¿No tienes sangre calé, inglés?
Se puso en pie, ayudada por Robert Jordan.
—No –contestó Jordan–; al menos, que yo sepa.
—Ni María tampoco, al menos que ella sepa –dijo Pilar–. Pues es muy raro;
muy raro.
—Pero sucedió –dijo María.
—¿Cómo que no, hija? –preguntó Pilar–. Claro que ocurrió. Cuando yo era
joven, la tierra se movía tanto que podía sentir hasta cómo se escurría
por el espacio y temía que se me escapara de debajo. Ocurría todas las
noches.
—Mientes –dijo María.
—Sí, miento –dijo Pilar–; nunca se mueve más de tres veces en la vida.
Pero ¿de veras se movió?
—Sí –repuso la muchacha–; de veras.
—¿Y para ti también, inglés? –preguntó Pilar, mirando a Robert Jordan–.
No mientas.
—Sí –contestó él–. De veras.
—Bueno –dijo Pilar–. Bueno. Esto es algo.
—¿Qué quieres decir con eso de las tres veces? –preguntó María–. ¿Por qué
has dicho eso?
—Tres veces –repitió Pilar–; y ahora ya has tenido una.
—¿Sólo tres veces?
—Para la mayoría de la gente, ni una –dijo Pilar–. ¿Estás segura de que
se movió?
—Tanto, que una podía haberse caído –contestó María.
—Entonces debe de haberse movido –dijo Pilar–. Vamos al campamento.
—Pero ¿qué es esa tontería de las tres veces? –preguntó Robert Jordan a
la mujerona, mientras iban andando juntos por entre los pinos.
—¿Tonterías? –preguntó ella, mirándole de reojo–. No me hables de
tonterías, inglesito.
—¿Es una brujería como lo de las palmas de las manos?
—No, es algo muy conocido y comprobado entre los gitanos.
—Pero nosotros no somos gitanos.
—No, pero habéis tenido suerte. Los que no son gitanos a veces tienen
suerte.
—¿Crees de veras en eso de las tres veces?
Ella le miró con expresión rara y le dijo:
—Déjame en paz, inglés. No me des la lata. Eres demasiado joven para que
yo te haga caso.
—Pero, Pilar... –dijo María.
—Cierra el pico –dijo ella–. Ya has disfrutado una vez y el mundo te
guarda dos veces más.
—¿Y usted? –preguntó Robert Jordan.
—Dos –contestó Pilar, y enseñó dos dedos de la mano–. Dos. Y no tendré
nunca la tercera.
—¿Por qué? –preguntó María.
—Calla la boca –dijo Pilar–; cállate. Las chicas de tu edad me aburren.
—¿Por qué no una tercera vez? –insistió Robert Jordan.
—Calla la boca, ¿quieres? –replicó Pilar–. Cállate ya.
«Bueno –se dijo Robert Jordan–, lo único que sé es que ya no voy a tener
ninguna más. He conocido montones de gitanos y son todos la mar de
extraños. Pero también nosotros somos extraños. La diferencia consiste en
que tenemos que ganarnos la vida honradamente. Nadie sabe de qué tribus
descendemos ni cuáles son nuestras herencias ni qué misterios poblaban
los bosques de las gentes de quienes descendemos. Todo lo que sabemos es