POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 111
rebelión había comenzado. ¿Hubo jamás un pueblo como éste, cuyos
dirigentes hubieran sido hasta ese punto sus propios enemigos?
Enemigos del pueblo. He ahí una expresión que podía él pasar muy bien por
alto, una frase tópica que convenía sacudirse. Todo ello era el resultado
de haber dormido con María. Sus ideas políticas se iban convirtiendo
desde hacía algún tiempo en algo tan estrecho e inconformista como las de
un baptista de caparazón duro, y expresiones como enemigos del pueblo le
acudían a la memoria sin que se tomase la pena de examinarlas. Toda clase
de clisés revolucionarios y patrióticos. Su mente los adoptaba sin
criticarlos. Quizá fueran auténticos, pero se habituaba demasiado
fácilmente a tales expresiones. Sin embargo, después de la última noche y
de la conversación con el Sordo, tenía el espíritu más claro y más
dispuesto para examinar aquel asunto. El fanatismo era una cosa extraña.
Para ser fanático hay que estar absolutamente seguro de tener la razón y
nada infunde esa seguridad, ese convencimiento de tener la razón como la
continencia. La continencia es el enemigo de la herejía.
¿Resistiría la premisa un examen? Esa era la razón por la que los
comunistas perseguían tanto a los bohemios. Cuando uno se emborracha o
comete pecado de fornicación o de adulterio, descubre uno su propia
falibilidad hasta en ese sustitulo tan mudable del credo de los
apóstoles: la línea del partido. Abajo con la bohemia, el pecado de
Mayakovski.
Pero Mayakovski era ya un santo. Porque había muerto y estaba enterrado
convenientemente. «Tú también vas a estar apañado uno de estos días.
Bueno, basta, basta de pensar en esto. Piensa en María.»
María hacía mucho daño a su fanatismo. Hasta ahora no había ella dañado a
su capacidad de resolución, pero notaba que prefería por el momento no
morir. Renunciaría con gusto o un final de héroe o de mártir. No aspiraba
a las Termópilas ni deseaba ser el Horacio de ningún puente ni el
muchachito holandés con el dedo en el agujero del dique. No. Le hubiera
gustado pasar algún tiempo con María. Y ésa era la expresión más sencilla
de todos sus deseos. Le hubiera gustado pasar algún tiempo, mucho tiempo
con María.
No creía nunca que hubiera una cosa como mucho tiempo, pero, si por
casualidad la había, le gustaría pasarlo con ella.
«Podríamos ir a un hotel y registrarnos como el doctor Livingstone y su
mujer. ¿Por qué no?
Pero ¿por qué no casarse con ella? Naturalmente, se casaría. «Entonces
seríamos el señor y la señora Jordan de Sun Valley (Idaho). O de Corpus
Christi (Texas), o de Butte (Montana).
Las españolas son estupendas esposas. Lo sé porque no he tenido nunca
ninguna. Y cuando vuelva a mi puesto de la Universidad hará una mujer de
profesor excelente, y cuando los estudiantes de cuarto curso de
castellano vengan por la noche a fumar una pipa y a discutir de manera
libre e instructiva sobre Quevedo, Lope de Vega, Galdós y otros muertos
admirables, María podrá contarles cómo algunos cruzados de la verdadera
fe, vestidos de camisa azul, se sentaron sobre su cabeza, mientras otros
le retorcían los brazos, y le levantaban la falda para así amordazarla.
Me pregunto cómo caerá María en Missoula (Montana). Suponiendo que
encuentre algún trabajo en Missoula. Calculo que a estas alturas estoy
fichado como rojo y que van a ponerme en la lista negra. Aunque, a decir
verdad, tampoco puedo asegurarlo. No puede asegurarse nada. No tienen
pruebas de lo que he hecho aquí y, por lo demás, sí lo contase, no lo
creerían nunca. Mi pasaporte era válido para España antes de que entraran
en vigor las nuevas restricciones. En todo caso, no podría volver antes
del otoño del 37. Salí en el verano del 36 y los permisos, aunque son
oficialmente de un año, no hacen necesaria la presentación antes del