POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 110
acción. Las órdenes no emanan de ti. Emanan de Golz. ¿Y quién es Golz? Un
buen general. El mejor de los generales bajo cuyas órdenes hayas servido
nunca. Pero ¿debe ejecutar un hombre órdenes imposibles sabiendo a qué
conducen? ¿Incluso aunque provengan de Golz, que representa al partido al
mismo tiempo que al ejército?» Sí, debía ejecutarlas, porque era
solamente ejecutándolas como podía probarse su imposibilidad. ¿Cómo saber
que eran imposibles mientras no se hubiesen ensayado? Si todos se ponían
a decir que las órdenes eran imposibles de cumplir cuando se recibían,
¿adonde irían a parar? ¿Adonde iríamos a parar todos, si se contentasen
con decir «imposible» en el momento de recibir las órdenes?
Ya conocía él jefes para quienes eran imposibles todas las órdenes. Por
ejemplo, aquel cerdo de Gómez, en Extremadura. Ya había visto bastantes
ataques en que los flancos no avanzaban porque avanzar era imposible. No,
él ejecutaría las órdenes, y si llegaba a tomar cariño a la gente con la
que trabajaba, mala suerte.
Con su trabajo, ellos, los partizans, los guerrilleros, concitaban
peligro y mala suerte a las gentes que les prestaban abrigo y ayuda.
¿Para qué? Para que algún día no hubiese más peligros y el país pudiera
ser un lugar agradable para vivir. Así era, aunque la cosa pudiese
parecer muy trillada.
Si la República perdiese, resultaría imposible para los que creían en
ella vivir en España.¿Estaba seguro de ello?Sí, lo sabía por las cosas
que había visto que habían sucedido en los lugares en donde habían estado
los fascistas.
Pablo era un cerdo, pero los otros eran gentes extraordinarias y ¿no
sería traicionarlas el forzarlas a hacer ese trabajo? Quizá lo fuera.
Pero si no lo hacían, dos escuadrones de caballería los arrojarían de
aquellas montañas al cabo de una semana.
No, no se ganaba nada dejándolos tranquilos. Salvo que se debía dejar
tranquilo a todo el mundo y no molestar a nadie. De manera, se dijo, que
él creía que era menester dejar a todo el mundo tranquilo. Sí, lo pensaba
así. Pero ¿qué sería entonces de la sociedad organizada y de todo lo
demás? Bueno, eso era un trabajo que tenían que hacer los otros. El tenía
que hacer otras cosas, por su cuenta, cuando acabase la guerra. Si
luchaba en aquella guerra era porque había comenzado en un país que él
amaba y porque creía en la República y porque si la República era
destruida, la vida sería imposible para todos los que creían en ella. Se
había puesto bajo el mando comunista mientras durase la guerra. En España
eran los comunistas quienes ofrecían la mejor disciplina, la más
razonable y la más sana para la prosecución de la guerra. El aceptaba su
disciplina mientras durase la guerra porque en la dirección de la guerra
los comunistas eran los únicos cuyo programa y cuya disciplina le
inspiraban respeto.
Pero ¿cuáles eran sus opiniones políticas? Por el momento, no las tenía.
«No se lo digas a nadie –pensó–. No lo admitas siquiera. ¿Y qué vas a
hacer cuando se acabe esta guerra? Me volveré a casa para ganarme la vida
enseñando
español,
como
lo
hacía
antes,
y
escribiré
un
libro
absolutamente verídico. Apuesto algo a que lo escribiré. Apuesto algo a
que no será difícil escribirlo.»
Convendría que hablara de política con Pablo. Sería interesante sin duda
conocer su evolución. El clásico movimiento de izquierda a derecha,
probablemente; como el viejo Lerroux. Pablo se parecía mucho a Lerroux.
Prieto era de la misma calaña. Pablo y Prieto tenían una fe, semejante
poco más o menos, en la victoria final. Los dos tenían una política de
cuatreros. El creía en la República como una forma de Gobierno; pero la
República tendría que sacudirse a aquella banda de cuatreros que la
habían llevado al callejón sin salida en que se encontraba cuando la