POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 108
alto, cada vez más alto, hacia la nada. Hasta que, de repente, la nada
desapareció y el tiempo se quedó inmóvil, se encontraron los dos allí,
suspendidos en el tiempo, y sintió que la tierra se movía y se alejaba
bajo ellos.
Un momento después se encontró tumbado de lado, con la cabeza hundida
entre las hierbas. Respiró a fondo el olor de las raíces, de la tierra y
del sol que le llegaba a través de ellas y le quemaba la espalda desnuda
y las caderas, y vio a la muchacha tendida frente a él, con los ojos aún
cerrados, y al abrirlos, le sonrió; y él, como en un susurro y como si
llegara de muy lejos, aunque de una lejanía amistosa, le dijo: –Hola,
conejito.
Ella sonrió y desde muy cerca le dijo:
—Hola, inglés.
—No soy inglés –dijo él perezosamente.
—Sí –dijo ella–, lo eres. Eres mi inglés. –Se inclinó sobre él, le cogió
de las orejas y le besó en la frente.– Ahí tienes. ¿Qué tal? ¿Beso ahora
mejor?
Luego, mientras caminaban al borde del arroyo, Jordan le dijo:
—María, te quiero tanto y eres tan adorable, tan maravillosa y tan buena,
y me siento tan dichoso cuando estoy contigo, que me entran ganas de
morirme.
—Sí –dijo ella–; yo me muero cada vez... ¿Tú te mueres también?
—Casi me muero, aunque no del todo. ¿Notaste cómo se movía la tierra?
—Sí, en el momento en que me moría. Pásame el brazo por el hombro,
¿quieres?
—No, dame la mano. Eso basta.
La contempló un rato y luego miró al prado, en donde un halcón estaba
cazando, y miró las enormes nubes de la tarde, que venían de las
montañas.
—¿Y no sientes lo mismo con las otras? –le preguntó María, mientras iban
caminando con las manos enlazadas.
—No; de veras que no.
—¿Has querido a muchas más?
—He querido a algunas. Pero a ninguna como a ti.
—¿Y no era como esto? ¿De veras que no?
—Era una cosa agradable, pero sin comparación.
—Se movía la tierra. ¿Lo habías notado otras veces?
—No; de veras que no. «
—¡Ay! –exclamó ella–. Y sólo tenemos un día.
Jordan no dijo nada.
—Pero lo hemos tenido –insistió María–. Y ahora, dime ¿me quieres de
verdad? ¿Te gusto? Cuando pase algún tiempo seré más bonita.
—Eres muy bonita ahora.
—No –dijo ella–. Pero ponme la mano sobre la cabeza.
Jordan lo hizo como se lo pedía y sintió que la cabellera corta se hundía
bajo sus dedos con suavidad y volvía a levantarse en cuanto dejaba de
acariciarla. Entonces le cogió la cabeza con las dos manos, le hizo
volver la cara hacia él y la besó.
—Me gusta que me beses –dijo ella–; pero yo no sé besarte.
—No tienes que hacerlo.
—Sí, tengo que hacerlo. Si voy a ser tu mujer, tengo que procurar darte
gusto en todo.
—Me das ya gusto en todo. Nadie podría procurarme un placer mayor y no sé
qué tendría que hacer yo para ser más feliz de lo que soy.