POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 105
—No mucho.
—Ya me lo figuraba yo. Ya me lo figuraba. Pero voy a devolverte a tu
conejito. No he tratado nunca de quitártelo. Ese nombre le sienta bien,
conejito. Te he oído llamarla así esta mañana.
Robert Jordan sintió que se ruborizaba.
—Es usted muy dura para ser mujer –le dijo.
—No –dijo Pilar–; soy tan sencilla que parezco muy complicada. ¿Tú no
eres complicado, inglés?
—No, ni tampoco tan sencillo.
—Me gustas, inglés –dijo Pilar. Luego sonrió, se inclinó hacia delante, y
volvió a sonreír, moviendo la cabeza–. ¿Y si yo quisiera quitarte la
gatita o quitarle a la gatita su gatito?
—No podrías hacerlo.
—Claro que no –dijo Pilar, sonriendo de nuevo–. Ni tampoco lo quiero.
Aunque cuando era joven podía haberlo hecho.
—Lo creo.
—¿Lo crees?
—Sin ninguna duda –dijo Robert Jordan–; pero esta clase de conversación
es una tontería.
—No es propia de ti –dijo María.
—No es propia de mí –dijo Pilar–; pero es que hoy no me parezco mucho a
mí misma. Me parezco muy poco. Tu puente me ha dado dolor de cabeza,
inglés.
—Podemos llamarle el puente del dolor de cabeza –dijo Robert Jordan–;
pero yo le haré caer en esa garganta como si fuera una jaula de grillos.
—Bien –contestó Pilar–. Sigue hablando así.
—Me lo voy a merendar como si fuera un plátano sin cáscara.
—Me gustaría comerme un plátano ahora –dijo PilarContinúa, inglés. Anda,
sigue hablando así.
—No vale la pena –dijo Robert Jordan–. Vámonos al campamento.
—Tu deber –dijo Pilar–. Ya llegará, hombre. Pero antes voy a dejaros
solos.
—No, tengo mucho que hacer.
—Eso vale la pena también y no se requiere mucho tiempo.
—Cállate, Pilar –dijo María–. Eres muy grosera.
—Soy muy grosera –dijo Pilar–; pero soy también muy delicada. Soy muy
delicada. Ahora voy a dejaros solos. Y todo eso de los celos es una
tontería. Estaba furiosa contra Joaquín porque vi en sus ojos lo fea que
soy. Estoy celosa porque tienes diecinueve años; eso es todo. Pero no son
celos que duran. No tendrás siempre diecinueve años. Y ahora me iré.
Se levantó y, apoyándose una mano en la cadera, se quedó mirando a Robert
Jordan, que se había puesto también de pie. María continuaba sentada en
el suelo, debajo de un árbol, con la cabeza baja.
—Volvamos al campamento todos juntos –dijo Robert Jordan–. Será mejor;
hay mucho que hacer.
Pilar señaló con la barbilla a María, que continuaba sentada con la
cabeza baja, sin decir nada. Luego sonrió, se encogió visiblemente de
hombros y preguntó:
—¿Sabéis el camino?
—Sí –respondió María, sin levantar la cabeza.
—Pues me voy –dijo Pilar–; me voy. Tendremos listo algún reconstituyente
para agregarlo a la cena, inglés.
Comenzó a andar por la pradera hacia las malezas que bordeaban el arroyo
que corría hasta el campamento.
—Espera –le gritó Jordan–. Es mejor que volvamos todos juntos.
María continuaba sentada sin decir palabra. Pilar no se volvió.
—¡Qué va! ¡Volver todos juntos! –dijo–. Os veré luego.