Verónica
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Hasta ella, que amaba en secreto a su pueblo y que podía pasarse horas y horas embelesada, mirando las aguas cristalinas del Carrión, se dejó cautivar por el océano Atlántico, por esa ciudad y aquellas luces que iluminaban la noche convirtiéndola en día pero que al fin y al cabo no la dejaban ver las estrellas. Ahora, desde la distancia, comprendo que aquel viaje no fue una gran idea.
Nos arrastró hasta el coche. Durante casi seis horas de viaje, y como sumida en un sueño, nos contó una y mil veces, lo feliz que había sido en su pueblo, las juergas que se corría por aquellos baretos que todo el mundo conocía como “los bajos”, sin importarles las locuras que hacían y sin tiempo para preocuparse por lo que harían al día siguiente, que eso ya se planearía sobre la marcha. Me tenía fascinada, yo nunca escuchaba las historias de mi abuela, siempre me surgía un trabajo, los deberes o me entraba un sueño horrible. Era fantástico ver que aquella mujer había tenido los mismos problemas que yo con los horarios, los estudios, los chicos...
Y así regresamos a nuestro hogar, tal y como nos fuimos, mi abuela tenía aún en los ojos aquella tristeza que un día llegó para quedarse. Desde nuestra vuelta pasaba todo el tiempo con ella, hablando de su vieja habitación en la que estaba rodeada de libros, fotos y aquella bandera de la que tan orgullosa estaba; de un patio de colegio donde las voces de niños jugando al fútbol se oían por encima del ruido de los coches; de las carreras de motos que siempre ganaba un tal Rossi y también de lo que más le gustaba en el mundo, ir a pescar con su abuelo. Su vida pasaba delante de mis ojos como si fuera la mía propia. Procuré que aquellos momentos, los últimos de su vida fueran los más felices en mucho tiempo. Al poco tiempo de su muerte, me di cuenta de que lo que aquella pobre mujer echaba tanto de menos no era su pueblo sino la época de su vida que transcurrió allí. Espero que, esté donde esté ahora, se sienta feliz.