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Andrea de Cano
“La lucha por la existencia de una nación consiste en eliminar las
condiciones intolerables de una manera fundamental, restaurando una
relación tolerable entre la población y el territorio”. (Adolfo Hitler).
Las mujeres de nuestros antepasados en el transcurso de la historia
han trabajado desde que se sostenían en los pies, amaban a los suyos
con más pasión que a su propia persona y conocían el manejo de las
armas desde la niñez, debido a las muchas luchas en las que los
hombres participaban ellas estaban solas en el poblado donde debían
defenderse de posibles emboscadas, saqueadores o animales salvajes
como lobos, osos o serpientes.
Retomemos pues la perspectiva de la mitología en donde la diosa Kali
es representada de forma erguida, con la boca ensangrentada y con
sus múltiples brazos cargados de armas y trofeos: (cráneos humanos,
cabezas cortadas y manos amputadas). El mito hindú del cataclismo
comienza cuando las deidades piden ayuda a la diosa suplicándole su
lucha contra las fuerzas del mal que amenazan al mundo. Montada
sobre un león vence a un demonio tras otro.
Las valquirias, montadas en sus corceles, a veces sobre lobos,
sobrevolando los campos de batalla y dejándose caer en picada para
recoger a los guerreros muertos. No son protectoras con respecto a la
vida, sino que la misma concepción del honor del guerrero, clama
como tal la muerte en el combate. Ellas eran las viajeras de los tres
mundos, las diosas que transportaban las almas de los guerreros.
“la tierra no fue asignada a nadie, ni le fue ofrecida a nadie como un
don. Esta concedida por la providencia al pueblo que posee en sus
corazones el valor suficiente para conquistarla, la fuerza para
conservarla y la laboriosidad para labrarla” (Adolfo Hitler).
Estos símbolos nos dan una idea de cuál es la esencia feroz de la
mujer, su agresividad, la misma que sale a flote cuando siente que su
prole, su pueblo se ve amenazado. En una palabra es la guardiana del
orden natural. Y en los tiempos modernos podemos comparar esa
ferocidad en el mundo laboral donde constantemente debe competir y
ganarse un lugar, en su eficacia productiva, se ha tornado luchadora
en tanto que se beneficia materialmente de bienes efímeros,
importándole bien poco, los bienes eternos : la tierra, la sucesión, la
herencia y la tradición. Contra esto es lo que la mujer nacionalista debe
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