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la fertilidad y mantener el equilibrio de la tierra y de las especies. Por tanto, el matrimonio, es fundamental para el bienestar del planeta y su orden natural, convirtiéndose en el modelo de pareja en las sociedades de todo el mundo. El carácter sagrado del matrimonio y fertilidad sobrevivió a las culturas ancestrales. La pareja pues, representa la totalidad, la dualidad femenino-masculino perfeccionada. Antes que madre, la madre es mujer y su función creadora va íntimamente ligada a su actividad sexual, sin ella no hay procreación. Lejos de convertirse en una actividad mecánica, donde el hombre es el único que disfruta y la mujer se siente como un objeto donde la finalidad es la concepción, nuestra tradición ancestral gozaba de técnicas de placer sexual refinadas, alcanzando niveles tan complejos de búsqueda interior que sentaron bases de pensamientos religiosos o filosóficos que hoy en día se intentan recuperar. La cópula es un acto mucho más trascendente que la gratificación carnal o la necesidad de perpetuar la raza. Como ejemplo podríamos citar el tantrismo, que concibe el universo como un conjunto de vibraciones de energía que emanan del juego amoroso entre el dios Shiva y el principio femenino Sakti. Aquí, el encuentro sexual desbloquea el flujo de energías de uno y otro que se intercambian como regalo de amor, imprescindible para la función creadora, y donde la mujer se eleva a semejanza de la diosa. Concebir así un hijo puede ser la muestra más hermosa de la unión mística y divina de una pareja, jamás resultaría una maldición sino el fruto del amor que perpetuara la raza a la que uno ama. El amor y el matrimonio son la fuente de la vida cultural y popular de un pueblo. El amor entre la pareja no engendra solo la vida sino el auténtico conocimiento. La naturaleza del hombre/mujer implica también su forma de amar. Cada uno expresa su verdadero carácter en el amor, y el hombre lo fundamenta en el honor y en el respeto. El acontecimiento procreador deseado es fruto de un acto amoroso feliz. En los mitos más antiguos que perduran, la importancia de la función procreadora está relacionada con la llegada del hijo que garantiza el retorno de las cosechas estacionales, una vez más ligado al orden natural de la tierra. 48