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Andrea de Cano
compuesta del mismo modo, ya que al ser somatizada en el cuerpo
humano adquiere un carácter positivo-negativo. En el mundo material
todo adquiere este carácter dual o relativo. EL lado de una pared
expuesto a la luz está iluminado; el lado opuesto está oscuro. La luz y
oscuridad, salud y enfermedad, calor y frio, positivo y negativo.
Más allá de la dualidad, o antes de la misma, la unidad básica del
universo sería la fuerza pura, que equivale al ki de la tradición
japonesa. Todas las cosas se originan a partir del ki del universo. En
última instancia toda la creación está compuesta de este principio
absoluto, esta energía universal, motor inmóvil y generador de toda la
vida. Este principio absoluto vigoriza toda la creación. El mundo
moderno es cautivo de los principios relativos, es decir, ha perdido el
hilo y la unión con lo absoluto. La única esperanza del hombre para
comprender el principio vital es afirmarse en el principio absoluto que
se halla antes de este mundo relativo. Es decir: para comprender el
mundo, antes hemos de distanciarnos del mundo, hallar un lugar desde
que el contemplarlo con perspectiva, sin implicarnos ni dejarnos
influenciar por él.
Para fortalecer el poder y la resistencia física y mental y realizar la
vida, hay que esforzarse en volverse fuerza del universo, más allá de la
dualidad o la relatividad. Entonces es cuando la fuerza vital, el ki, se
expande, entrando en una corriente de vida fresca. La unificación de la
mente y cuerpo es la raíz del árbol de la vida. El ser humano fracasa
porque intenta producir flores antes de que sus raíces estén
desarrolladas. Si se quiere vivir una vida llena de vitalidad debe
primero unificarse mente y cuerpo. La cuestión, quede clara, no es
creer o no creer. La creencia es siempre algo personal, por mucho que
en muchas ocasiones este “colectivizada”, y nosotros la enmarcaremos
más bien en la cuestión de la voluntad. Se trata ante todo de ser o no
ser. Sólo un buen árbol da buen fruto. Aplíquese esto mismo al hombre
y conozcamos a cada uno por sus acciones, por sus hechos, nunca por
sus pal abras. Y nuestros hechos empiezan en nosotros mismos, en
nuestro propio cuerpo físico y en nuestra propia naturaleza, en lo que
somos: el cuerpo es el templo del hombre. De esta manera, nada hay
oculto para el vidente, el que ve el origen y la naturaleza del las cosas:
“todo se ve, todo se sabe”.
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