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Andrea de Cano
referirse a la cuestión de la que estamos hablando. En sus ideas, José
Antonio se refiere a los “números de los imperios”.
En un texto José Antonio escribía un articulo con el título “la gaita y la
lira”, ¡cómo tira de nosotros! Ningún aire nos parece tan fino como el
de nuestra tierra, ningún césped más tierno que el suyo; ninguna
música comparable a la de sus arroyos. Pero… ¿No hay en esa
succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido
físico, orgánico casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la
tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolver. A
ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando gime la
gaita. Amor que se abriga y se repliega cada vez hacia la mayor
intimidad; de la comarca del valle nativo, del valle al remanso donde la
casa ancestral se refleja; del remanso a la casa; de la casa al rincón de
los recuerdos. Todo eso es muy dulce, como un dulce vino. Pero
también, como en el vino, se esconden en esa dulzura embriaguez e
indolencia. A tal manera de amar, ¿puede llamarse patriotismo? Si el
patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos
amores. Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les
ganan en afecto, que les ganan en apego a la tierra. No puede ser
llamado patriotismo lo primero que en nuestro espíritu hallamos a
mano, ya que eso sería tan sólo una elemental impregnación en lo
telúrico. El patriotismo tiene que ser, para que gane la mejor calidad, lo
que este cabalmente en otro extremo, lo más difícil, lo más depurado
de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más
invariable. Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible
sino en lo intelectual. Todo lo que es sensual dura poco.
Así pues, no veamos en la patria el arroyo y el césped, la canción y la
gaita, veamos un destino, una empresa. La patria es aquello que, en el
mundo, configuró una empresa colectiva. Sin empresa no hay patria,
sin la presencia de la fe en un sentido común, todo se disuelve en
comarcas nativas, en sabores y colores locales. Ya no hay razón por
ejemplo, de subalterna condición económica para que cada valle siga
unido al vecino.
Platón dice que el “antro subterráneo es una representación del mundo
visible, el fuego que ilumina es la luz del sol”. Cuando un cautivo se
libera de las cadenas y sube a la región superior saliendo de la
caverna, es el alma que se eleva hasta la esfera intangible. “En los
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