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Andrea de Cano
LA CREACIÓN DE UNA VERDAD.
El sionismo no escatimó esfuerzos para „construir su verdad‟ y para
ello contó, desde el comienzo, con dispositivos propagandísticos con
los que no podía soñar el pueblo árabe. Israel, como parte de
occidente tuvo acceso a los medios periodísticos internacionales para
contar su versión de la “historia”, por lo que no es de extrañar el
importante grado de efectividad alcanzado por su discurso, sobre todo
si consideramos que ha logrado, cuando no el apoyo, al menos la
pasividad de la comunidad internacional ante acciones que,
consumadas por cualquier otro país del mundo, hubieran merecido no
sólo el más amplio repudio sino, y sobre todo, medidas concretas para
detener definitivamente los atropellos perpetrados contra los palestinos
en su propia tierra.
Dentro de estas representaciones simbólicas, cuya incidencia en el
desarrollo mismo de las estructuras materiales de una sociedad de la
que a su vez son producto es innegable ocupar un lugar superior en la
construcción de „otro‟ a partir del cual oponer una identidad. La realidad
israelí ofrece, en este sentido, una interesante peculiaridad. La
inmigración masiva y la posterior ocupación apelaron para su
justificación a la negación de ese otro, en un principio, y la conversión,
después, de aquel ser “inexistente” en un enemigo: “el terrorista
árabe”.
Desde hace un cuarto de siglo la política oficial del Estado de Israel
consiste en simular que los palestinos, pretenden volver a las tierras de
las que se fueron “voluntariamente” en 1948 o que les fueron quitadas
no tan voluntariamente en las guerras de 1956 y 1967. Como no
pueden, se vuelcan al terrorismo. Son en definitiva, terroristas árabes.
Aunque en oriente próximo estas afirmaciones carezcan de credibilidad
por su incongruencia y falta de rigor, en occidente la penetración de la
propaganda israelí permitió que la mentira circulara como verdad. No
fue suficiente para Israel ejercer su dominio a través del terror y la
violencia. De algún modo necesitaba obtener el grado de consenso
necesario como para llevar adelante primero, la inmigración masiva,
después la participación palestina y finalmente, la expansión y dominio
de todo territorio palestino. Para ello debió construir un discurso de
“verdad” que legitimara sus pretensiones alegando derechos
ancestrales que negaban, lisa y llanamente, la existencia misma de
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