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Allí paseando por el bosque, mirando el panorama de las cumbres
alpinas, jugando con sus perros y compartiendo una vida burguesa con
su compañera Eva Braun, encontraba la medicina aparente para sus
dolencias. En los últimos años de guerra confesaba, que causa
suficiente para estar preocupado, era la situación militar. Su vida era
casi espartana, no bebía café, ni té negro, consideraba nocivos la
carne, el alcohol y la nicotina, vegetariano desde 1931, se alimentaba
de sopas de verduras o pastas a la italiana, incluyendo raviolis. Tenía
una ración fija de pan con 20 gramos de margarina y un poco de queso
fresco, tomaba solamente agua mineral y en casos excepcionales y
contados, un vaso de vino, como ocurriera en la navidad de 1944 o en
su casamiento. Como digestivo un vasito de tónico de hierbas. Y en la
intimidad, para leer se ponía sus anteojos de oro, cosa que
públicamente nunca hacía.
En ese entorno se sentía seguro y protegido. Estaba persuadido que
cada paso suyo era controlado y espiado, decía: “siempre hay
cazadores apuntando a esta presa y piensan sólo en la manera de
hacerla caer”. Quería llegar a una edad avanzada y estaba ansioso de
disponer del tiempo necesario para realizar su obra, la que
consideraba una misión, por esta razón se cuidaba autónomamente de
todas maneras. Su actividad mayor era leer libros, él contaba que de
su adolescencia en Viena leía constantemente, allí había leído todos
los 500 volúmenes de una biblioteca municipal. Nunca leía novelas y
editoriales de periódicos, antes de leer hojeaba el final y miraba unas
páginas, si el resumen era positivo empezaba a leerlo, disponía de
varias enciclopedias que consultaba diariamente, la biblioteca de Hitler
no disponía de autores clásicos ni de cualquier obra humanística o con
contenido espiritual los textos históricos, de arte y de arquitectura eran
sus preferidos.
Otras actividades que tenía era ver películas y escuchar música clásica
como Wagner, Beethoven, Brahms y también Strauss. Jugar con sus
perros era otra pasión, desde los primeros años de su estadía en la
montaña tuvo perros. EL primero fue Prinz y muchos otros lo siguieron
como Bella y por último Blondi, siempre eran ovejeros alemanes, su
raza preferida. También tuvo un perro pequeño, un Scotch Terrier, que
le habían regalado antes de la toma de poder, lo llamó Burly, con él
jugaba como un niño; cuenta su secretaria Christa Schroeder que él
había prohibido a Hoffmann, su fotógrafo, publicar una foto que lo
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