familia de Sophie. De nuevo fue el jardinero el que les abrió la puerta y las condujo a la
casa. Las dos agentes exclamaron al mismo tiempo sin poder contener la risa:
¡Vaya, este pobre hombre es como nosotras, nos descansa nunca! ¡Lo tienen
esclavizado! ¡Pero eso sí, del cuidado del jardín no se puede quej