Capítulo XI
Los interrogatorios comienzan a dar sus primeros frutos
Si el chalet de Sophie era lujoso el de los padres de Helena lo era mucho más. A
Mariano no le vino de nuevo, pero a las dos investigadoras las dejó un tanto
anonadadas ya que estaba situado en la ladera de una montaña rodeado de una
inaccesible valla. Una vez dentro, hasta llegar a la casa tuvieron que recorrer varios
kilómetros por un camino bordeado de pinos. A la puerta de la casa les esperaba el
mayordomo que les hizo pasar dentro. En el vestíbulo de la casa se encontraba
esperándoles Federico Ferruccio, el padre de Helena. Tenía unos cuarenta y tres años,
alto, delgado, con el pelo castaño y unos bonitos ojos azules. Este era un conocido
empresario que se dedicaba al negocio de transporte internacional de mercancías y
que además era el propietario de un bufete de abogados. Según las malas lenguas, los
Ferruccio eran un clan de “mafiosos” pues la empresa de transporte internacional era
una tapadera de un negocio sucio.
Federico, a pesar de que Desiré no era familia de sangre, le tenía gran estimación
como ahijada. Se convirtió en su padrino antes de que ésta naciera, ya que el padre de
Desiré aunque realmente trabajaba en la notaría de Peñíscola también lo hacía a
escondidas para los Ferruccio. Saúl se metió en problemas y Federico le ayudó a
cambio de una promesa de lealtad eterna. Desiré, era el contrato de lealtad, un
contrato que podía “romperse” si su padre traiciona a los Ferruccio.
Los investigadores pusieron a Don Federico al corriente de lo hechos que habían
sucedido y después de que Helena les entregase su ordenador y el mensaje decidieron
hacerle unas preguntas:
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