roles que se consideran típicos de la mujer, lo cual es consecuen-
cia de una elección voluntaria en la que nada tiene que ver la bio-
logía, pero mucho la terquedad humana. El espíritu debe dominar
la materia y la mente debe dominar el cuerpo, plantearse como
válida una relación sexual entre personas del mismo sexo es como
convertir la abominación en norma. Vivimos una época de liberti-
naje que no de libertad, en la que los políticos nos animan a co-
meter todos los desmanes y todas las inmoralidades mientras ellos
se enriquecen con el dinero público. Ahora está de moda decir
que si un niño afirma que quiere ser niña, los padres deben cola-
borar con ello, y que si lo pide con ahínco es porque es cierto y es
cosa de nacimiento, pero si eso fuera así ¿por qué no hacer lo que
diga el niño cada vez que pide algo con empeño? Todo padre sabe
que para educar correctamente a un niño en ocasiones es necesa-
rio negarse a aceptar sus exigencias por muy furioso que este se
ponga, porque el amor de un padre a su hijo se demuestra mante-
niéndose firme ante sus caprichos. No pretendo afirmar aquí que
la severidad sea siempre la única solución, pues el niño es un ser
humano y hay que tener en cuenta sus sentimientos, pero tampoco
es cierto que el mejor padre sea aquel que simplemente se dedica
a aceptar todas las exigencias de su hijo, porque muchas veces es
mejor camino es el del sacrificio y no el de la mera condescen-
dencia.
En la actualidad también hay quienes recurren a la historia para
apoyar estas prácticas degeneradas. Es cierto que en la antigua
Grecia se fomentaba o toleraba la homosexualidad, pero hay que
tener en cuenta que el contexto en el que ocurrió fue realmente
inusual y hasta traumático. Por ejemplo en la sociedad espartana a
partir de los siete años de edad era común obligar a los hombres a
vivir apartados de las mujeres en un régimen militar prácticamen-
te carcelario, porque se pensaba que esto era necesario para man-
tener sus costumbres y privilegios sociales. En esta situación era
más fácil que se desarrollasen comportamientos homosexuales de
lo que hubiera sido en una población normal. Probablemente las
autoridades de Esparta acabaron aceptando la homosexualidad en-
tre sus hombres, antes que permitir que su sistema militarista fue-
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