La actividad de los cirujas disminuyó a
medida que fueron mermando los envíos de
basuras al bañado. Estos personajes fueron
llamados con más propiedad linyeras debido a
sus hábitos solitarios y nómadas, el atado con
sus cosas que siempre portaban consigo.
Sus precarios cobijos estaban construidos con
ramas, cartones y chapas sobre el suelo más
firme.
Otras cosas que se rescataban del vaciadero
eran alimentos, muchos de los vecinos se
acercaban al correrse la voz cuando algún
camión volcaba los decomisos.
Algunos testimonios de vecinos…
(…) Lleno de agua estaba, nosotros tuvimos
que pedir camiones para echar tierra y así
hicimos un lugar grande. Después sembramos
maíz, papa uh! cómo hemos producido
choclo! (Pablo)
(…) esto era un basural que para la
Municipalidad no tenía ningún valor, (…) era
un lugar descampado donde habías ratas,
basura, más que basura, lagunas de pudrición
(…), porque en realidad lo que no se quería era a los pobres en la ciudad. (Pastor).
LA CHANGA
El rezago de metal
recibía el nombre de
changa y los pibes del
Bajo
Flores
frecuentemente iban
en su búsqueda en
franca
competencia
con
los
cirujas.
Periódicamente
“barrían” el bañado
recolectando culotes
de
bronce
de
lamparitas, tramos de
cañerías de plomo, ollas, pavas y otros objetos de aluminio, restos de cables eléctricos que se
quemaban allí mismo para que el cobre quedara libre de goma, tela o plástico y todo elemento que
podía venderse en los depósitos de metales.
El taco aguja de las mujeres de los años cincuenta se fabricaba en aluminio por lo que se transformó
en una pieza muy codiciada. Ni hablar de las manijas de bronce de los ataúdes, que también solían
encontrarse en el vaciadero; aunque muy esporádicamente.