Mictlantecuhtli número cero RevistaAntropologica2 | Page 35
Mi mujeriego favorito
Santiago Nassar
Una pareja entro en la habitación, se les notaba la urgencia de uno por el otro, ella llevaba ya los pe-
chos de fuera y él varios botones de la camisa desabotonados, iban tan concentrados en devorar sus
pieles que no se percataron ni del celular en la mesa, ni de la ropa regada por la habitación, ni de las
manchas de sangre que había en el piso, mucho menos del bulto que ya hacía en la esquina derecha
metido en el jacuzzi. Se despojaron de las ropas antes de llegar a la cama, donde ella lo aventó para
montarse sobre él, para poseerlo, para tener el cuerpo del objeto de su deseo dentro de ella. Nada
se hizo esperar, en cuanto se posó sobre él se fundieron de un solo golpe y así se mantuvieron por
unos segundos, mirándose a los ojos, disfrutándose como se disfruta el primer bocado de un antojo,
poniendo todos los sentidos únicamente en disfrutar, ella comenzó a moverse a ritmo lento, pero con
mucha fuerza cerrando los ojos para tener mayor intimidad en sus sentidos y en su delicioso vaivén.
Un leve ruido distrajo su atención, volteo sin cesar el movimiento, pero no pudo evitar emitir un grito
cuando descubrió lo que se hallaba en la esquina derecha de la habitación. Él se levantó sobresaltado
queriendo ver qué fue lo que provoco la cara de espanto de su pareja de cama. Ambos quedaron en
shock por un momento. Se levantaron y caminaron hacia el jacuzzi, como llamados por aquella fuerza
extraña que es la curiosidad pues son mayores nuestros morbos que nuestros miedos. La escena
era Dantesca; un tipo metido en una tina llena de hielo, agua y sangre, con la cabeza recargada en
la esquina de la tina, blanco hasta los labios por la pérdida de sangre y una mirada de miedo, dolor y
suplica de auxilio, queriendo articular palabra, pero sin llegar a lograrlo por carencia de fuerzas y por
el dolor insoportable que le causaba la herida que se le alcanzaba a notar en la espalda.
Así es como me encontraron los paramédicos, con urgencia de transfusión de varias unidades de
sangre por haber pasado dos horas desangrándome producto de una mala cirugía, en las peores con-
diciones posibles y con la mínima atención clínica, sin contar el doloroso robo de mi riñón izquierdo.
Llegue al hospital a punto de morir, con la resignación de perder la vida por idiota y creo que no hay
muerte peor que por la propia estupidez. En la ambulancia el tiempo pasa sumamente lento, igual de
lento que se ve la atención de los paramédicos, uno puede pensar en miles de cosas, principalmente
en lo que uno está dispuesto a hacer para no morir y lo que nos llevó a estar en condición agónica y
yo por fortuna o desgracia sabía exactamente qué es lo que me tenía al borde de la muerte: una mujer.
Mi nombre es Cristiano Xavier Martínez, Xavi, para mis allegados, soy un joven con un brillante futuro
en los sistemas de información de los negocios ilícitos de mis amigos, recién egresado de la facultad,
con conocidos influyentes, con amplia experiencia en los negocios de apuesta y principalmente en
la seducción de inocentes mujeres por medio de redes sociales. De aspecto tímido y serio, no me
gusta que nadie conozca mi verdadero temperamento y aficiones a la fiesta, al alcohol y a las putas.
Comenzaba a trabajar en el mejor salón de póker clandestino de la ciudad, en donde la apuesta, las
risas, el alcohol no faltaban y en donde la noche no terminaba cuando el sol lo decidía sino cuando a
los clientes les apetecía. En mis ratos libres, que eran pocos pues todos los días se abría a las 6pm
sin importar a qué hora se cerrara, si es que se cerraba, me la pasaba en el Facebook conociendo
mujeres, entablando conversaciones que terminaban en citas personales en algún café y que irreme-
diablemente terminaban en moteles, podía ser en la segunda o tercera cita, rara vez en la primera,
pero el resultado siempre era el mismo, a algunas había que inventarles historias de príncipes azules
con finales felices; a otras sueños de futuros juntos, vacaciones, hijos, perros; a otras terribles historias