Mictlantecuhtli número cero RevistaAntropologica2 | Página 32

-Diosito por favor, cuídame al “ruidoso” donde esté. Sabes que se porta muy bien, tráelo de vuelta Diosito y juro que ya me pondré las pilas en la escuela y en el catecismo, por favor. Rezaba mientras lloraba, las lágrimas salían y salían, los búhos no paraban de oírse en ese gran árbol que estaba justo por encima de él. Así se quedó en el lugar de siempre, llorando y triste por qué el “ruidoso” se había perdido, y ya jamás lo volvería a ver o al menos eso pensaba el “Güero”. Pasaron una, dos y tres horas más hasta que de tanto llorar y rezar se durmió. -Ya es el día. “Güero”, ¡levántate ya! Eso era lo que escuchaba, pero no quería despertar pues ¿Para qué? Si el “ruidoso” ya no estaba. Eso decía. Abrió los ojos y vaya sorpresa, su mamá estaba frente a él, en su cuarto. Se sacó de onda un poco. -Vamos, pequeño. Es el día y ¡tenemos que irnos ya!, Saca a tu perro, desayunas y nos vamos. - ¿mi perro?, ¿El ruidoso? -Hijo, por favor no te hagas, sácalo ya que siempre se nos hace tarde. Bajo de un brinco su cama y corrió por las escaleras hasta el jardín trasero y ahí estaba el ruidoso. -Estas aquí, ¡Estás aquí! Lo abrazó muy fuerte mientras recibía unas laguetadas de su perro. -¿Entonces fue un sueño?, Por eso jugué con mis vecinos y amigos, yo nunca juego con nadie más que no sea el “ruidoso” . Y así el “Güero” se aplicó a la escuela y al catecismo, y juro siempre cuidar de su mejor amigo peludo, el “ruidoso”.