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do nos ocupa la transferencia. Cuando esa letra nos hace letri-
na sin ser por ello menos cierta y menos letra.
Repetimos entonces que el amor nos concierne en tanto y
en cuanto el inconsciente al que nos dirigimos y nos dirige,
nos obliga a tener que vérnosla con el lenguaje, que no es sin
“lalengua” teniendo en cuenta, eso sí, que el inconsciente no
se reduce ni se traduce del todo ni al lenguaje ni a “lalengua”.
Sospecho que el amor de transferencia es un posible paradig-
ma de eso que Lacan denominó “discurso sin palabras”, aunque
tal discurso no podría relevarse sin lo tocante al verbo, ese acto
que inicialmente se presta al inconsciente siempre que advir-
tamos que el inconsciente solo dice a quien en verdad se pres-
ta. Me refiero a quien en tanto analista, se hace hacer ágalma
y no amalgama de sus amores a la hora de la transferencia.
De allí que el analista resulte, más allá de sus experiencias
amorosas, un objeto agálmico que resta como amado en el te-
rritorio de ese amor de transferencia. Territorio del Eros en
el que también habita la diosa Alétheia, la diosa-verdad que
en su develamiento dará muestras de eso que freudianamen-
te entendemos como ambivalencia. Amor y odio que insisten
y persisten en y más allá de la transferencia.
Transferencia que dirá no solo del odio que anida en el amor,
sino consecuentemente de los sitios de odio donde no mora
ninguna esperanza de desocultamiento, pero que sin embar-
go el analista deberá experimentar como lo que aún resplan-
dece, eso que analíticamente entendemos como transferencia
negativa, que desde ya sabemos no es negación de la trans-
ferencia. En el amor que es no sin odio en la transferencia, el
analizante se anoticia de las pequeñas grandes verdades que
dirigen sus relaciones eróticas.
Eros y Alétheia son entonces nombres iniciales que nombran
lo inicial de la transferencia. Para concluir y citando al poeta
Rimbaud, destacamos que en el dispositivo analítico, cada ana-
lizante inventa el amor. Su propio amor, y por qué no, también
su amor propio. Invención del amor que se realiza a lo largo
de un tiempo lógico-cronológico que resulta de una “búsque-
da-encuentro” que atañe al deseo en tanto causa-emergente.
Emanación libidinal cuyo nombre es esa primera letra que La-
can llamó “a”, objeto “a” destinado a ser semblanteado, va-
ciado de sentido por el deseo del analista que en tanto se des-
prenda de su persona y pague con ella, teniendo permanen-
temente en cuenta eso que Freud llamó “factor personal”, fa-
cilitará la instauración del erómenos de la estructura del amor
de transferencia, que no es sin el erastés que lo supone sujeto
de un saber de lo erótico-pulsional. Sujeto supuesto a las ra-
zones y a las causas de sus asuntos deseantes. A la pregunta
de si un fin de análisis conduciría a un “nuevo amor”, diremos
que si éste lo hace, lo hace por añadidura. Cuando el amor
habla en un análisis que lo deja hablar, este pone en eviden-
cia que eso que Lacan llamó un “amor sin límites” trate qui-
zás de un amor que soporte la verdad erótica del deseo sin ce-
der a la necedad como necesidad de querer desamarrar a la
verdad de lo sexual, esto es hacer filosofía, ni querer desarti-
cular a lo sexual de la verdad, es decir, hacer sexología. Dife-
rentes formas de renegar de la división del sujeto de la que se
ocupa el psicoanálisis en tanto erotología. Erotología que in-
terroga al amor entendido solo como complemento o tapón
de la imposibilidad. Ideal de perfección que la transferencia
pone en tela de juicio. En palabras de Lacan en el seminario
de la transferencia: “…Digámoslo mejor, vayamos más lejos –
la transferencia es algo que pone en tela de juicio el amor, lo
pone en tela de juicio bastante profundamente respecto a la
reflexión analítica al haber introducido en él, como dimensión
esencial, lo que se llama su ambivalencia. Es esta una noción
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nueva con respecto a una tradición filosófica que no en vano
iremos a buscar aquí a su mismo origen. Esta estrecha unión
del amor con el odio,…”
Acuerdo con quienes consideran, junto con Lacan, que aun
en el amor se pone en juego la exigencia de algo verdadero
con respecto a la imposibilidad. Pensar el amor más allá de su
constitución narcisística o de su instrumentación de tapón o
velo de la relación “sexual imposible” es, sospecho, solo abor-
dable en la labor de la transferencia. Ese no siempre amable
encuentro entre Eros y Alétheia. Se tratará entonces no de un
amor ilimitado sino de un amor cuyos límites no sean ni la reli-
gión, ni la filosofía, ni el psicoanálisis como propedéutica, ni la
cándida neurosis como medida de una nueva moral del “gran
hermano” que Heidegger llamó “publicidad” o “habladuría”.
Tal vez sea acertada la metáfora heideggeriana que enun-
cia: “Solo un dios puede salvarnos”, si ese dios soporta habi-
tar sin sutura la división, Eros-Alétheia. Un dios cuya posición
no sea ni la vengativa paranoia, ni la comprensiva y compla-
ciente debilidad mental. Un dios que se salve de salvar. Un
“dios inconsciente” cuyo amor-sublimación pueda hacer con-
descender al goce con el deseo. Un dios “diciente” que permi-
ta, y esta es la responsabilidad de cada sujeto, una experien-
cia de la oscuridad y del vacío y de la hendidura que es ex-
periencia del sujeto del inconsciente, un dios que emerja de
la palabra silenciosa. Silenciosa de locuacidad del ruido y de
los guiños del mercado, y de la obviedad sin discernimiento.
Un dios cuya palabra silenciosa no pretenda ni comunicar ni
informar, sino transmitir la experiencia misma de la palabra
hecha silencio, es decir, la verdadera médula de la palabra.
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Conferencia dictada en el Seminario Central 2016 de la Fundación Cen-
tro Psicoanalítico Argentino: Sólo un dios puede salvarnos. Ningún dios
va a aparecer si no le preparamos el lugar.