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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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las autopsias para conocer la verdad sobre las muertes accidentales y de aquellas
otras muertes naturales que los médicos no habíamos sabido explicar.
Esa opinión inicial y necrópsica de la asignatura cambió radicalmente cuan-
do comenzamos a leer las primeras páginas del libro de texto del Prof. Gisbert
Calabuig. La tanatología, la de las autopsias y todo lo referido a la muerte, era
solo una parte ínfima de la asignatura. Había mucho más temario sobre vivos
que sobre muertos… Había que estudiar Antropología; Biología forense; Dere-
cho médico, Genética forense, Psicología y Psiquiatría forense y sus derivaciones
delictivas; Odontología forense con todas las técnicas de identificación basadas
en las dentaduras y la Toxicología, la temible toxicología, estudiando los tóxicos
gaseosos, los sólidos y los líquidos y especialmente los medicamentosos sin olvi-
dar al alcohol como droga consentida….
Quizás, ante tal amplitud de temarios, irán Vds., comprendiendo el moti-
vo por el que tantos estudiantes de Valladolid viajaban por la ruta del Moncayo
cuando el Dr. Cabeza y posteriormente también el otro “hueso”, el Dr. Pelegrin
Martínez Baza, exigían el conocimiento “a fondo” de todas estas materias.
Dominándolas y aplicándolas seguramente comenzarán a comprender la
cantidad de conocimientos que Pelegrin pudo almacenar en su cerebro y valorar
mejor la categoría personal y la obra de un hombre que fue médico forense desde
1962 hasta su jubilación, o sea durante más de medio siglo.
La medicina forense se denomina así, por ser en la antigüedad en los foros o
tribunales donde se desempeñaba esta disciplina.
Fundamentalmente y en la práctica de los juzgados, los forenses tienen que
dictaminar en conflictos de todo tipo. Y ya que estamos entre médicos, no olvi-
demos los que nos pudieran afectar por una mala praxis profesional. Y por ello
los forenses tienen que informar a los jueces sobre si sus compañeros actuaron
o no con la responsabilidad debida en casos concretos de reclamaciones. Y hago
este inciso porque Pelegrín, como forense, tuvo algunas actuaciones periciales
en asuntos en los que se dirimía la correcta o incorrecta actuación profesional de
algunos médicos, asuntos en los que no le faltaron críticas.
Debo decir, no obstante, que solo en contadas ocasiones un informe o peri-
taje de Pelegrin sirviera para fallar en condena severa hacia un médico. Siempre
trató correcta, pero justamente, a sus compañeros. Es inevitable que, como en
todo pleito, dejara buen sabor en una parte y todo lo contrario en la otra…Estoy
seguro, y sobre todo, después de conocerle, que Pelegrin sufrió en su interior el
sentimiento de tener que peritar en contra sobre actuaciones de médicos que le-
galmente resultaron incorrectas. Era su obligación hacerlo. Y la mía decirlo aquí
y ahora…
Otra actividad forense es la determinación de las causas y mecanismos de
la muerte, cuando éstas son de origen violento. Quizás sea la actividad más re-