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V olumen 55 (2018)
En términos deportivos, consideramos que un árbitro que pasa desapercibi-
do ha realizado una labor excepcional. No es este el caso para resumir el balance
de la vida de un médico. Ninguno de los cuatro Académicos que he tenido el
honor de glosar pasaron desapercibidos, como tampoco lo hiciera el Profesor
Pelegrin Martínez Baza al que hoy rememoramos. Todos ellos aportaron lo me-
jor de sus vidas al progreso médico, tanto en el aspecto asistencial como en el
investigador o en el docente, y, en el caso del profesor Martínez Baza, en las tres
vertientes a la vez: asistencial; como curador de enfermos; investigador, como
buscador de la verdad mediante el análisis del cuerpo humano y como docente
enseñador del arte de la medicina al servicio de la justicia. Nos ocuparemos de
estas facetas más adelante.
Al tratar de elaborar este discurso consideré difícil y arriesgado, exponer
ante un auditorio, como el aquí presente, las cualidades de una persona con la que
solo he convivido estos últimos años. Por este motivo, y para cumplir el cometido
académico de hacer su semblanza, algunos datos que yo pueda exponerles han
sido recogidos de sus allegados, de sus compañeros de trabajo, de profesores o de
su propia familia, escuchando o leyendo sobre lo que de él se ha dicho o escrito.
Su hija Mercedes, Académico de Número de esta Corporación, en su discurso de
ingreso, y en los párrafos de agradecimientos, atribuía a su padre y cito textual-
mente: “grandes cualidades humanas y profesionales como su enorme espíritu
de trabajo, sacrificio y responsabilidad, atributos que le valieron llegar a lo más
alto en su profesión”.
Nuestro inolvidable maestro el Profesor D. Antonio Pérez Casas, en el
discurso de recepción de Pelegrin como Académico de Número, escribió: “El
deseo de perfeccionamiento en la medicina que tiene Pelegrin es admirable y se
ha manifestado en todos los momentos de su trayectoria vital”. Y añade “Cons-
ciente de que el poder de captación hacia los alumnos solamente se consigue con
el ejemplo, Pelegrin Martínez Baza enseñaba a trabajar, trabajando”.
En otra parte de su discurso, Pérez Casas afirmaba: “Martínez Baza es un
buen maestro de la Medicina Legal, porque sabe, enseña y ama. Simpatiza con
ella, porque ama el campo del conocimiento científico al que se ha entregado”.
Creo que no debo ser yo quien añada una sola coma a esta percepción, y menos
viniendo de quien vino.
Amigos comunes en la judicatura le han definido como “Riguroso, implaca-
ble e irrefutable en sus informes o dictámenes periciales”
Desconozco otras opiniones que de Pelegrin pudieran tener los estamentos
de la justicia con los que compartió tarea durante tantos años, pero me basta un
hecho para suponer una relación afectuosa y respetada. Y este hecho fue la com-
probación personal de la presencia de las más altas autoridades jurisdiccionales
de nuestra ciudad en el triste día de su funeral y entierro.