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288 V olumen 55 (2018) Convertirse en médico significa mucho más allá, que terminar los estudios de medicina, y los años de formación del posgrado, significa adquirir una forma de vida muy vocacional, una impronta, que es característica de nuestra verdadera profesión. A partir de ese momento su principal objetivo será el cuidado de los enfermos, que son los auténticos protagonistas de la medicina. Harrison, el gran internista estadounidense, en la primera edición de su obra, definía lo que se espera del médico, en palabras que, aunque reflejan el sesgo de género de aquel momento, aún suena muy bien como principio universal. Escri- bió: “No cabe mayor suerte, responsabilidad, u obligación en el destino del hom- bre que convertirse en médico. Para atender a los que sufren debe poseer conoci- mientos científicos, habilidades técnicas, y comprensión humana. Del médico se espera abnegación, simpatía y comprensión humana, porque el paciente es un ser humano, temeroso y esperanzado que busca alivio y confianza”. El futuro médico debe conocer que la historia clínica, es decir, el primer contacto que se establece entre médico y paciente es, de singular importancia. Pues, precisamente una de las características del buen médico es saber escuchar con esmero a sus pacientes. La anamnesis es mucho más que una fría recogida de datos y su calidad determinará en gran medida, la eficacia y el éxito del acto profesional. El médico, en esta humana entrevista, no sólo recopila los síntomas subje- tivos del paciente, sino que, además, puede vislumbrar el influjo del psiquismo en las molestias que refiere, así como las circunstancias de su entorno familiar y social. Deberá tener en cuenta también que la misma enfermedad ofrece, a veces, significativas diferencias según las personas que la padecen. Con razón, el huma- nitario y valioso internista José María Manso gustaba de repetir: “La enfermedad no es simplemente una entidad nosológica es además una vivencia personal”. De la misma manera que en la práctica de la historia clínica, en todos los demás cuidados de su enfermo, el médico intentará actuar sin perder de vista la atención integral y el carácter humanitario de su profesión. ¿Cómo debería ser la educación médica pregraduada para que el futuro fa- cultativo pueda actuar de acuerdo con estos principios? Es evidente que, sin unos sólidos conocimientos teóricos, firmemente sedimentados, no se puede ejercer de un modo preciso nuestra profesión. Pero es igualmente cierto que, junto a la adquisición de conocimientos, es imprescindible el entrenamiento de habilidades y la formación de actitudes para lograr una buena capacitación clínica. En España, el sistema de formación médica de posgrado (MIR) ha dado y está dando magníficos resultados. Ciertamente no hubiera sido posible sin la participación de la red hospitalaria pública, lo que ha permitido la formación de grandes clínicos y cirujanos de todas las especialidades, que, esparcidos por