—No ha conseguido salir —susurró él—. No ha conseguido salir,
Palom a.
Se m e cortó el aliento cuando vi que las lágrim as surcaban sus m ej
illas cubiertas de hollín. Cay ó de rodillas al suelo y y o m e caí con él.
—Trent es listo, Trav. Seguro que ha salido. Tiene que haber encon-
trado un caminodiferente—dije,intentandoconvencermetambiénamímis
ma.
Travis se derrum bó en m i regazo, cogiéndom e la cam iseta con am
bos puños.
Yo lo abracé. No sabía qué m ás hacer.
Pasó una hora. Los gritos y llantos de los supervivientes y espectado-
res del exterior del edificio se habían convertido en un silencio inquietan-
te. Cada vez con m enos esperanza, vim os cóm o los bom beros sacaban
a dos personas, pero después solo salían con las m anos vacías. Mientras
el personal de emergencias atendía a los heridos y las am bulancias se
adentraban en la noche con víctim as quem adas, esperam os. Media hora
después, solo sacaban cuerpos por los que no se podía hacer nada. En el
suelo, alinearon a los fallecidos, que superaban con creces al núm ero de
los que habíam os escapado. Travis no apartaba la m irada de la puerta,
esperando a que sacaran a su herm ano de entre las cenizas.
—¿Travis?
Nos dim os la vuelta al m ism o tiem po y vim os a Adam de pie a
nuestro lado.
Travis se levantó y tiró de m í al hacerlo.
—Me alegra ver que habéis conseguido salir, chicos —dij o Adam ,
que parecía estupefacto y perplej o—. ¿Dónde estáTrent?
Travis no respondió.
Nuestros oj os regresaron a los restos calcinados de Keaton Hall, de
cuy as ventanas todavía salía un hum o negro. Enterré la cara en el pecho
de Travis y cerré con fuerza los oj os, esperando despertar de aquella
pesadilla en cualquier momento.
—Tengo…, eh… Tengo que llam ar a m i padre —dij o Travis, m
ientras abría el teléfono con el ceño fruncido.
Cogí aire y esperé que m i voz sonara m ás fuerte de lo que y o m e
sentía.
—Tal vez deberías esperar. Todavía no sabem os nada. Apartó los oj