—¡Lo hacía por ti! Tenía m iedo de perderte si no fingía que m e pa-
recía bien que fuéram os solo am igos. ¿Podríam os haber estado j untos
todo este tiem po?
¿Qué coj ones estás diciendo, Palom a?
—Eh…
No pude discutir; tenía razón. Había hecho que los dos sufriéram os
y no tenía excusa.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? ¡Maldita sea! Casi m e m ato bebiendo, apenas podía
salir de la cama,rompímiteléfonoenunmillóndetrozos enNocheviejapara
evitar llam arte… ¿Y dices que losientes?
Me m ordí el labio y asentí, avergonzada. No tenía ni idea de por todo
lo que había pasado, y oírle decir esas palabras m e provocó un dolor
agudo en el pecho.
—Lo siento… Lo siento m uchísim o.
—Te perdono —dij o él con una sonrisa—. No vuelvas a hacerlo nun-
ca m ás.
—No lo haré. Lo prom eto.
Se le m arcó brevem ente el hoy uelo y sacudió la cabeza.
—Maldita sea, te am o.