Todavía colgaban bolas m etálicas roj as y doradas del techo de la
cafetería, y se m ovían con la corriente de la calefacción. Me cubrí con la
chaqueta de punto y, cuando Finch se dio cuenta, m e abrazó y m e frotó
el brazo. Sabía que estaba m irando dem asiado hacia Travis, pero tenía
la esperanza de que alzara los oj os hacia m í; sin em bargo, él parecía
haberse olvidado de que y o estaba sentada a aquella mesa.
Parecía insensible a las hordas de chicas que se le acercaban después
de que se extendiera la noticia de nuestra ruptura, pero tam bién estaba
contento con que nuestra relación hubiera vuelto a su estado platónico,
aunque todavía fuera forzada. Habíam os pasado casi un m es separados,
y ahora m e sentía nerviosa e insegura cuando tenía que relacionarm e
con él.
Una vez que hubo acabado su alm uerzo, el corazón m e dio un vuelco
cuando vi que se acercaba a m í por detrás y apoy aba las m anos sobre
m is hom bros.
—¿Qué tal tus clases, Shep? —preguntó él. Shepley puso cara de
disgusto.
—El prim er día da asco. Solo horarios y reglas. Ni siquiera sé por qué
aparezco la prim era sem ana. ¿Y tú quétal?
—Eh…, bueno, todo form a parte del j uego. ¿Qué hay de ti, Paloma?
—m e preguntó.
—Igual —dij e, procurando que m i voz sonara relaj ada.
—¿Has pasado unas buenas vacaciones? —m e preguntó, balan-
ceándom e j uguetón de un lado aotro.
—Bastante, sí. —Hice lo posible por parecer convincente.
—Genial, ahora tengo otra clase. Nos vem os luego.
Observé cóm o se m archaba directam ente hacia las puertas. Las
abrió de un empujónyseencendióuncigarrillomientrascaminaba.
—Vay a —dij o Am erica con voz aguda.
Observó a Travis ataj ar por el césped nevado, y después sacudió la
cabeza.
—¿Qué ocurre? —preguntó Shepley.
America apoy ó el m entón sobre la palm a de la m ano, con aspecto
algo desconcertado.
—Eso ha sido bastante raro, ¿no?
—¿Por qué? —preguntó Shepley, apartando la trenza rubia de Am