el Charger.
Am erica extendió la m ano y m e agarró del abrigo, forzándom e a
pararm e enseco.
—¡Abby! —susurró, m ientras señalaba a un pequeño grupo de
personas.
Se arrem olinaban alrededor de un hom bre m ay or y despeinado que
señalaba frenéticam ente hacia la casa, con una foto en la m ano. Las
parej as asentían y hablaban sobre la foto entre ellas.
Me precipité furiosa hacia el hom bre y le quité la foto de las m anos.
—¿Qué dem onios estás haciendo aquí?
La m ultitud se dispersó y entró en la casa; Shepley y Am erica m e
flanqueaban y Travis m e agarró por los hom bros desdeatrás.
Mick dio un repaso a m i vestido y chasqueó la lengua en señal de
desaprobación.
—Vay a, vay a, Cookie. Veo que no consigues dej ar atrás el espíritu
de Las Vegas…
—Cállate, cállate, Mick. Date m edia vuelta. —Señalé detrás de él—.
Y vuelve al aguj ero del que hay as salido. No te quiero aquí.
—No puedo, Cookie. Necesito tu ay uda.
—Menuda novedad —dij o Am erica,
m ordaz.
MickmirómalaAmericaydespuéssevolvióhaciamí.
—Estás trem endam ente guapa. Has crecido m ucho. No te habría
reconocido por la calle.
Lancé un suspiro, hastiada de la charla trivial.
—¿Qué quieres?
Levantó las m anos y se encogió de hom bros.
—Me parece que m e he m etido en un berenj enal, niña. Papi necesita
algo de dinero.
Cerré los oj os.
—¿Cuánto?
—De verdad que m e iba bien, en serio. Pero tuve que pedir prestado
algo para seguir adelante y … y asabes.
—Sí, y a, y a —le solté—. ¿Cuánto necesitas?
—Veinticinco billetes.
—Joder, Mick. ¿Veinticinco billetes de cien? Si te piras de aquí, te los
daré ahoramismo—dijoTravis,mientrassacabasucartera.