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—Apostaría todo lo que tengo. No lamento ni un segundo pasado contigo,
Paloma, y nunca lo haré.
Le tendí la mano, él me la estrechó sin titubear y se la llevó a la boca,
dándome un tierno beso en los nudillos. La habitación estaba en silencio: sus labios
al alejarse de mi piel y el aire que escapó de sus pulmones eran los únicos sonidos
que oí.
—Abby Maddox… —dijo él, mientras la luz de la luna iluminaba su sonrisa.
Apreté la mejilla contra su pecho desnudo.
—Travis y Abby Maddox. Suena bien.
—El anillo… —empezó él, frunciendo el ceño.
—Ya nos ocuparemos de los anillos después. Te he pillado totalmente por
sorpresa.
—Eh… —Se apartó y me observó esperando una reacción.
—¿Qué? —pregunté, poniéndome en tensión.
—Vale, no alucines —dijo él moviéndose nervioso. Me cogió con más
fuerza—. De hecho…, en cierto modo ya me he ocupado de esa parte.
—¿Qué parte? —dije levantando la cabeza para verle la cara. Miró al techo y
suspiró.
—Vas a alucinar.
—Travis…
Fruncí el ceño cuando alargó un brazo y abrió el cajón de su mesita de
noche. Palpó los objetos en su interior durante un momento. Me aparté los
mechones del flequillo con un soplido.
—¿Qué? ¿Has comprado condones?
Soltó una carcajada.
—No, Paloma.
Juntó las cejas mientras hacía un esfuerzo para llegar más al fondo del cajón.
Cuando encontró lo que estaba buscando, centró su atención en mí y me observó
mientras sacaba una cajita de su escondite. Bajé la mirada cuando puso una cajita
cuadrada de terciopelo en su pecho, mientras se estiraba hacia atrás para apoyar la
cabeza en su brazo.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—¿A ti qué te parece?
—Vale. Déjame que replantee la pregunta.
—¿Cuándo has comprado esto?
Travis suspiró hondo y, mientras lo hacía, la caja se elevó con su pecho y
cayó cuando soltó el aire de sus pulmones.
—Hace un tiempo.
—Trav…
—Es que lo vi un día por casualidad, y sabía que solo podía estar en un
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