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cartera—. ¿Puedes traerme la cartera, Paloma?
De nuevo, esperó a que reaccionara. Risueña, me agaché, cogí la tarjeta de
crédito de su cartera y se la entregué. Travis dictó los números a la persona que lo
atendía, mirándome después de cada grupo. Cuando dio la fecha de caducidad y
vio que no protestaba, apretó los labios.
—Eh…, sí, señora. Los recogeremos en el mostrador. Gracias.
Me entregó su teléfono y lo dejé en la mesilla, esperando a que dijera algo.
—Acabas de pedirme que me case contigo —dijo él, todavía esperando que
admitiera que era alguna especie de ardid.
—Lo sé.
—Eso ha sido de verdad, ¿sabes? Acabo de reservar dos billetes a Las Vegas
para mañana al mediodía, lo que significa que nos casamos mañana por la noche.
—Gracias.
Entrecerró los ojos.
—Serás la señora Maddox cuando empieces las clases el lunes.
—Oh —dije, mirando a mi alrededor.
Travis enarcó una ceja.
—¿Te lo has pensado mejor?
—Voy a tener que cambiar algunos papeles importantes la semana que
viene.
Asintió lentamente, cautelosamente esperanzado.
—¿Te vas a casar conmigo mañana?
—Ajá.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—¡Joder! ¡Cómo te quiero! —Me cogió ambos lados de la cara y me plantó
un beso en los labios—. Te quiero muchísimo, Paloma —decía, mientras me besaba
una y otra vez.
—Espero que te acuerdes de eso dentro de cincuenta años, cuando siga
pegándote palizas al póquer. —Me reí.
Sonrió triunfal.
—Si eso significa pasar sesenta o setenta años contigo, cariño…, tienes mi
permiso para emplear tus mejores trucos.
Enarqué una ceja.
—Lamentarás haber dicho eso.
—Apuesto a que no.
Sonreí con tanta malicia como pude.
—¿Te apostarías la reluciente moto de ahí fuera?
Afirmó con la cabeza; la sonrisa burlona desapareció de su cara y adoptó
una expresión de total seriedad.
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