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aterraba, pero, en ese momento, daba gracias por poder estar a salvo después de
experimentar algo tan horrible. Solo había una razón por la que pudiera sentirme
así con alguien.
Era suya.
Entonces lo supe. Sin duda alguna en mi mente, sin que me importara lo
que los demás pudieran pensar, y sin miedo a errores o consecuencias, sonreí por
las palabras que iba a decir.
—¿Travis? —dije contra su pecho.
—¿Qué pasa, cariño? —me susurró con la boca en mi pelo.
Nuestros teléfonos sonaron al unísono, y yo le entregué el suyo a él,
mientras respondía al mío.
—¿Hola? ¿Abby? —chilló America.
—Estoy bien, Mare. Todos lo estamos.
—¡Acabamos de enterarnos! ¡Sale en todas las noticias!
Oí que, a mi lado, Travis se lo estaba explicando todo a Shepley, e intenté
tranquilizar a America lo mejor que pude. Mientras respondía a sus numerosas
preguntas, procuraba mantener la voz tranquila al repasar los momentos más
terribles de mi vida; no obstante, me relajé el mismo segundo en que Travis cubrió
mi mano con la suya.
Me pareció que estaba contando la historia de otra persona, sentada
cómodamente en el apartamento de Travis, a un millón de kilómetros de la
pesadilla que podría habernos matado. America se echó a llorar cuando acabé, al
darse cuenta de lo cerca que habíamos estado de perder la vida.
—Voy a empezar a hacer el equipaje ahora mismo. Estaremos allí a primera
hora de la mañana —dijo America, sorbiéndose las lágrimas.
—Mare, no hace falta que os marchéis antes. Estamos bien.
—Tengo que verte. Tengo que abrazarte para saber que estás bien —dijo
llorando.
—Estamos bien. Puedes abrazarme el viernes.
Volvió a llorar.
—Te quiero.
—Yo también a ti. Pasadlo bien.
Travis me miró y apretó con fuerza el teléfono contra su oreja.
—Será mejor que abraces a tu chica, Shep. Parece disgustada. Lo sé, tío…, yo
también. Nos vemos pronto.
Colgué segundos antes de que lo hiciera Travis, y nos sentamos en silencio
durante un momento, asimilando todavía lo que había pasado. Tras unos instantes,
Travis volvió a apoyarse en su almohada y, después, me atrajo hacia su pecho.
—¿Está bien America? —preguntó, con la mirada clavada en el techo.
—Está disgustada, pero se le pasará.
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