www.lecturaycinecr.blogspot.com
mientras organizaba nuestros almuerzos, repartiendo los pequeños platos de
poliestireno delante de nosotros en la mesa.
—¡Voy a matar a David Lapinski! —anunció America al acercarse, mientras
se limpiaba la nieve del pelo.
—¡Un impacto directo! —se rio Shepley. America le lanzó una mirada de
advertencia y su risa se volvió nerviosa—. Quiero decir…, ¡qué capullo!
Nos reímos por la mirada de arrepentimiento que puso cuando la observó
correr furiosa hacia el bufé, antes de seguirla rápidamente.
—Sí que lo ata en corto —dijo Brazil con una mirada de disgusto.
—America está un poco tensa —explicó Travis—. Va a conocer a los padres
de Shepley esta semana.
Brazil asintió, levantando las cejas.
—Entonces…, van…
—Sí —dije, asintiendo a la vez que él.
—Es permanente.
—¡Vaya! —dijo Brazil.
La estupefacción no desapareció de su cara mientras escogía su comida, y
pude comprobar cómo lo embargaba la confusión. Todos éramos muy jóvenes, y
Brazil no podía acomodarse al compromiso de Shepley.
—Cuando llegue el momento, Brazil, lo sabrás —dijo Travis, sonriéndome.
El local bullía de emoción, tanto por el espectáculo del exterior como por lo
rápido que se acercaban las últimas horas antes de las vacaciones. A medida que se
iban ocupando los asientos, la charla constante creció hasta convertirse en un eco
estruendoso, cuyo volumen iba en aumento conforme todo el mundo empezaba a
hablar por encima del ruido.
Cuando Shepley y America regresaron con sus bandejas, habían hecho las
paces. Ella se acomodó risueña en el asiento vacío que había junto a mí, charlando
sobre el inminente momento en el que conocería a sus suegros. Se iban esa misma
tarde a su casa; la excusa perfecta para que America tuviera una de sus famosas
crisis.
La observé picotear de su pan mientras charlaba sobre hacer las maletas y
cuánto equipaje podría llevar sin parecer pretenciosa, pero parecía aguantar bien.
—Ya te lo he dicho, cariño. Les vas a encantar. Te querrán tanto como te
quiero yo —dijo Shepley, recogiéndole el pelo detrás de la oreja. America respiró
hondo y las comisuras de su boca se levantaron como siempre que él conseguía
tranquilizarla.
El teléfono de Travis vibró, deslizándose unos centímetros por la mesa. Lo
ignoró, pues le estaba contando a Brazil la historia de nuestra primera partida de
póquer con sus hermanos. Miré la pantalla y llamé la atención de Travis con unas
palmaditas en su hombro cuando leí el nombre.
277