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nuestra relación hubiera vuelto a su estado platónico, aunque todavía fuera
forzada. Habíamos pasado casi un mes separados, y ahora me sentía nerviosa e
insegura cuando tenía que relacionarme con él.
Una vez que hubo acabado su almuerzo, el corazón me dio un vuelco
cuando vi que se acercaba a mí por detrás y apoyaba las manos sobre mis
hombros.
—¿Qué tal tus clases, Shep? —preguntó él.
Shepley puso cara de disgusto.
—El primer día da asco. Solo horarios y reglas. Ni siquiera sé por qué
aparezco la primera semana. ¿Y tú qué tal?
—Eh…, bueno, todo forma parte del juego. ¿Qué hay de ti, Paloma? —me
preguntó.
—Igual —dije, procurando que mi voz sonara relajada.
—¿Has pasado unas buenas vacaciones? —me preguntó, balanceándome
juguetón de un lado a otro.
—Bastante, sí. —Hice lo posible por parecer convincente.
—Genial, ahora tengo otra clase. Nos vemos luego.
Observé cómo se marchaba directamente hacia las puertas. Las abrió de un
empujón y se encendió un cigarrillo mientras caminaba.
—Vaya —dijo America con voz aguda.
Observó a Travis atajar por el césped nevado, y después sacudió la cabeza.
—¿Qué ocurre? —preguntó Shepley.
America apoyó el mentón sobre la palma de la mano, con aspecto algo
desconcertado.
—Eso ha sido bastante raro, ¿no?
—¿Por qué? —preguntó Shepley, apartando la trenza rubia de America para
rozarle el cuello con los labios.
America sonrió y se inclinó para besarlo.
—Está casi normal…, tan normal como puede estar Trav. ¿Qué le pasa?
Shepley sacudió la cabeza y se encogió de hombros.
—No lo sé. Lleva así ya un tiempo.
—¿No te parece injusto, Abby? Él está bien y tú, hecha un asco —dijo
America sin preocuparse de quienes nos escuchaban.
—¿Estás hecha un asco? —me preguntó Shepley sorprendido.
Me quedé boquiabierta y me ruboricé por la vergüenza que sentí al instante.
—Pues claro que no.
America removió la ensalada de su cuenco.
—Bueno, pero él está casi exultante.
—Déjalo, Mare —la avisé.
Ella se encogió de hombros y siguió comiendo.
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