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No podía esperar a relajarme en el sofá nuevo con Toto, mientras veíamos una
película y nos reíamos como solíamos hacer.
—Has dicho que lo nuestro se ha acabado, y lo acepto. Soy una persona
diferente desde que te conocí. He cambiado… para mejor. Sin embargo, por mucho
que lo intente, parece que no hago las cosas bien contigo. Primero fuimos amigos, y
no puedo perderte, Paloma. Siempre te querré, pero veo que no tiene mucho
sentido que intente recuperarte. No puedo imaginarme estar con otra persona,
pero seré feliz mientras sigamos siendo amigos.
—¿Quieres que seamos amigos? —pregunté, notando que las palabras me
ardían en la boca.
—Quiero que seas feliz. No me importa lo que sea necesario para ello.
Sentí un nudo en las entrañas al oír sus palabras, y me sorprendió el dolor
abrumador que me embargó. Me estaba dando una salida, y lo hacía justamente
cuando yo no la quería. Podría haberle dicho que había cambiado de opinión y él
retiraría todo lo que acababa de decir, pero sabía que no era justo para ninguno de
los dos aferrarme a aquella relación cuando él había aceptado su final.
Sonreí para mantener a raya las lágrimas.
—Cincuenta pavos a que me lo agradecerás cuando conozcas a tu futura
mujer.
Travis juntó las cejas y puso cara de tristeza.
—Esa apuesta es fácil. La única mujer con la que querría casarme alguna vez
acaba de romperme el corazón.
No podía fingir una sonrisa después de eso. Me sequé los ojos y me levanté.
—Creo que es hora de que me lleves a casa.
—Vamos, Paloma, lo siento, no ha tenido gracia.
—No es eso, Trav. Simplemente estoy cansada y lista para irme a casa.
Contuvo un suspiro y asintió mientras se levantaba. Me despedí de sus
hermanos con un abrazo y pedí a Trenton que dijera adiós a Jim de mi parte.
Travis se quedó en la puerta con nuestras bolsas; mientras todos se ponían de
acuerdo en volver a casa para Navidad, conseguí aguantar la sonrisa hasta salir
por la puerta.
Cuando Travis me llevó a Morgan, su cara seguía siendo de tristeza, pero la
angustia había desaparecido. Después de todo, el fin de semana no era una
artimaña para recuperarme. Era una despedida.
Se inclinó para besarme la mejilla y me sujetó la puerta, mientras me
observaba entrar.
—Gracias por el día de hoy. No sabes lo feliz que has hecho a mi familia.
Me detuve al principio de las escaleras.
—Mañana se lo contarás, ¿verdad?
Miró hacia el aparcamiento y luego a mí.
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