www.lecturaycinecr.blogspot.com
—Benny se encargará de los vuelos y se adaptará a mi horario.
Solté una carcajada, incrédula.
—¡Cómo puedes ser tan crédulo, Travis! Cuando Benny te tiene en nómina,
no te limitas a pelear una vez al mes. ¿Te has olvidado de Dane? ¡Acabarás siendo
uno de sus matones!
Negó con la cabeza.
—Ya hemos discutido eso, Paloma. Solo quiere que pelee.
—¿Y tú te lo crees? ¿Sabes que por aquí lo llaman Benny Lengualarga?
—Quería comprarte un coche, Paloma. Uno bonito. Y pagaremos nuestras
carreras por completo.
—¿Ah sí? ¿Ahora la mafia da becas de estudios?
Travis apretó las mandíbulas. Le irritaba tener que convencerme.
—Esto es bueno para nosotros. Puedo guardarlo hasta que tengamos que
comprarnos una casa. No puedo conseguir tanto dinero en ninguna otra parte.
—¿Y qué hay de tu licenciatura en Derecho Penal? Te aseguro que verás
bastante a tus antiguos compañeros de clase si trabajas para Benny.
—Nena, comprendo tus reservas, de verdad que sí. Pero voy a ser listo. Lo
haré durante un año y después lo dejaré y haremos lo que demonios queramos.
—No puedes dejar a Benny sin más, Trav. Él es el único que te dice cuándo
se ha acabado. No tienes ni idea de cómo es tratar con él. ¡No puedo creerme que
tan siquiera lo estés considerando! ¿De verdad que vas a sopesar trabajar para un
hombre que nos habría pegado una tremenda paliza a los dos ayer por la noche si
no se lo hubieras impedido?
—Exactamente, se lo impedí.
—Trataste con dos de sus pesos ligeros, Travis. ¿Qué vas a hacer si aparece
con una docena? ¿Qué harás si viene a por mí, después de alguna de tus peleas?
—No tendría ningún sentido que hiciera eso. Le haré ganar montones de
dinero.
—En el momento en que decidas que no vas a hacerlo nunca más, serás
prescindible. Así trabaja esta gente.
Travis se alejó de mí para mirar por la ventana; las luces que parpadeaban
daban color a sus rasgos en conflicto. Había tomado su decisión incluso antes de ir
a contármela.
—Todo irá bien, Paloma. Me aseguraré de que así sea. Y, entonces,
podremos asentarnos.
Sacudí la cabeza y me di la vuelta para seguir metiendo nuestra ropa en las
maletas. Cuando aterrizáramos en la pista, en casa, volvería a ser él mismo de
nuevo. Las Vegas hacía que la gente se comportara de forma extraña, y no podía
razonar con él mientras estuviera embriagado por el flujo de dinero y whisky.
Me negué a seguir discutiéndolo hasta que llegamos al avión, temerosa de
211