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La multitud se dispersó y entró en la casa; Shepley y America me
flanqueaban y Travis me agarró por los hombros desde atrás.
Mick dio un repaso a mi vestido y chasqueó la lengua en señal de
desaprobación.
—Vaya, vaya, Cookie. Veo que no consigues dejar atrás el espíritu de Las
Vegas…
—Cállate, cállate, Mick. Date media vuelta. —Señalé detrás de él—. Y
vuelve al agujero del que hayas salido. No te quiero aquí.
—No puedo, Cookie. Necesito tu ayuda.
—Menuda novedad —dijo America, mordaz.
Mick miró mal a America y después se volvió hacia mí.
—Estás tremendamente guapa. Has crecido mucho. No te habría reconocido
por la calle.
Lancé un suspiro, hastiada de la charla trivial.
—¿Qué quieres?
Levantó las manos y se encogió de hombros.
—Me parece que me he metido en un berenjenal, niña. Papi necesita algo de
dinero.
Cerré los ojos.
—¿Cuánto?
—De verdad que me iba bien, en serio. Pero tuve que pedir prestado algo
para seguir adelante y… ya sabes.
—Sí, ya, ya —le solté—. ¿Cuánto necesitas?
—Veinticinco billetes.
—Joder, Mick, ¿Veinticinco billetes de cien? Si te piras de aquí, te los daré
ahora mismo —dijo Travis, mientras sacaba su cartera.
—Habla de billetes de mil —dije fulminando a mi padre con la mirada.
Mick escudriñó a Travis.
—¿Quién es este payaso?
Travis levantó la mirada de su cartera y sentí su peso sobre la espalda.
—Ya veo por qué un tipo listo como tú se ha visto reducido a pedir pasta a
su hija adolescente.
Antes de que Mick pudiera hablar, saqué mi móvil.
—¿A quién debes dinero esta vez, Mick?
Mick se rascó su pelo grasiento y gris.
—Verás, es una historia graciosa, Cookie…
—¿A quién? —grité.
—A Benny.
Se me desencajó la mandíbula y di un paso atrás, para acercarme a Travis.
—¿A Benny? ¿Le debes dinero a Benny? En qué demonios estabas pensan…
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