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palmas de la mano sobre el pavimento de madera, parpadeé asombrada y sin creer
lo que pasaba. Cuando sentí algo cálido y húmedo en la mano, me volví y
retrocedí. Estaba cubierta de la sangre de la nariz del hombre. Se tapaba la mano
con la cara, pero el brillante líquido rojo le caía por el antebrazo mientras se
retorcía de dolor en el suelo.
Travis se apresuró a recogerme, parecía tan conmocionado como yo:
—¡Oh, mierda! ¿Estás bien, Paloma?
Cuando me puse de pie, me solté el brazo que me estaba cogiendo.
—¿Te has vuelto loco?
America me cogió de la muñeca y tiró de mí entre la multitud hast