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bondades; sobre todas las hermosuras; sobre todos los placeres y, por último,
sobre mí misma y sobre todo lo que está fuera de Vos, protestando, en presencia
del cielo y de la tierra, que quiero vivir y morir en vuestro santo amor puro y simple
y que, aun cuando por amaros de esta manera debiera ser perseguida,
atormentada hasta la muerte, estoy contentísima y diré con San Pablo: “No hay
criatura alguna que pueda separarme de la caridad del Sagrado Corazón de
Jesucristo, a quien amo y quiero amar eternamente.”
“¡Oh amabilísimo Corazón!, Vos sois mi fortaleza, mi apoyo, mi recompensa,
mi salvación, mi refugio, mi amor y mi todo. ¡Oh Corazón de Jesús, Corazón
santísimo, Corazón augustísimo, dueño de todos los corazones!; os amo, os adoro
y os alabo; os doy gracias y soy toda vuestra. ¡Oh Corazón de amor!,
permaneced conmigo y en mí, dirigidme, salvadme, cambiadme toda en Vos.
¡Oh Corazón buenísimo, Corazón sacratísimo!, cuya eterna posesión será sin
disgusto, antes muy gozosa, y la recompensa de los bienaventurados. ¡Ah!, ¡qué
deseable sois y qué amable! ¡Oh Corazón divino, venid, venid a mí o llevadme a
Vos. ¡Oh Corazón altísimo, delicias de la Divinidad! ¡Ay! Yo os saludo desde este
destierro donde vivo. Os invoco en mi dolor y os llamo para remedio de mi
fragilidad. ¡Ah! Corazón misericordioso, Corazón piadoso y buenísimo de mi
Padre y de mi Salvador, no neguéis vuestro socorro a mi indigno corazón. Destruid
en mí el reino del pecado y estableced el de la virtud, a fin de que vuestra
imagen quede perfectamente acabada, y 153 que algún día sea adorno en
vuestro palacio celestial. Así sea.”
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Sólo en Paray-le Monial fue donde Nuestro Señor contestó a su sierva, revelándole un
modelo de santidad perfecto y fácil a la vez. Le dijo un día al mostrarle su Corazón
viviendo en el Santísimo Sacramento:
“Quiero hacerte leer en el libro donde está contenida la ciencia del amor.”
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San Juan, III, 16.