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Animada la Beata del deseo de asegurar su propia perseverancia en el
divino amor, recurrió a un medio heroico. Al principiar el año 167970, tomando un
cortaplumas, trazó sobre su pecho el nombre adorable de Jesús, y cuando las
señales de esta herida de amor comenzaron a desaparecer, las renovó con la
llama de una bujía. Habiéndose borrado también esta segunda cicatriz, la Beata
se quejó a Nuestro Señor que vino a consolar a su sierva.
“No especificaré aquí71, refiere, las singulares gracias que he recibido, por
ser muy numerosas; solamente diré que mi amable Director, para consolarme de
la p