Los omniscientes N°9, Marzo 2015 | Page 10

Cursos de la eternidad parida con templanzas denostadas

Cuerpo de la latitud

Conmoviente como las hojas del otoño

Cuerpo de tu cuerpo en mi cuerpo en el cuerpo del Universo

Cuerpo de las líneas peatonales jamás respetadas por los aceleradores

Cuerpo de las estrellas

Que se equivocan

Como cuando cruzamos con la luz incorrecta del semáforo

Cuerpo que nació cuerpo

Nación de carne y viento, y llamas

De cuando te veo que te veo

Y me organizo por mirarte

Sin que te des cuenta

Cuerpo concordantemente estrecho, directo, aleccionado como una almendra sólida de vientos que conducen a lo que acomete y cunde elaboradamente en grietas y razones para amar y no amarte a vos mujer terrestre, celestial, recomponiendo con el alga las faunas más tremendas de océanos con vastas orquesta de racimos cuyo deleite ensancha la vicisitud de haberte conocido ya de mucho más atrás, ya desde el comienzo del tiempo sin comienzo, de haberte perseguido desde una eternidad desde atrás, cuerpo compaginado de ríos que aumentan las posibilidades de que tu cuerpo sea un cuerpo, de que mi cuerpo gravite hacia ser cuerpo, más cuerpo que el de los astros gravitacionales, en las habitaciones armadas para los amores y los elementos estrenados desde antes de que la noche fuera noche, de que los alimentos alimentaran, cundieran el paladar con deleites, de que los marcianos se nos aparecieran como dibujitos animados, cuerpo con tractos de armas para la seducción, el esfuerzo el látigo, los cepos, las instancias que armaron nuestra historia y mucho más atrás, la antigüedad, la prehistoria, la protohistoria, los ofuscados momentos de la vida del hombre que vivió sin que sus pocas palabras hubieran sido puestas en un libro, y su cuerpo y el de su mujer quedaran en el olvido, sin imprenta ni internet, lucieran ahora como el polvo que pisamos y nos ensucian los zapatos que usamos para que las pantas de nuestros pies no se llenen de barro y polvo y ceniza de millones de siglos anteriores,

Como las aguas,

Como los maremotos,

Como los cuajados intentos de la dicha

Que se abren y se cierran para despojarnos de la felicidad o llamarnos a una cena

En la que todos, todos

Los habitantes del hoy, del ayer, de lo que viene

Triunfaremos, padeceremos,

De este tener un cuerpo.

MARCELO COLOMBINI (BUENOS AIRES, ARGENTINA)

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