Los omniscientes N°8, Febrero 2015 | 页面 54

EXTRAÑOS

¿Cómo la conocí? No sé. ¿En dónde la conocí? Tampoco lo sé. Realmente no logro comprender cómo, en estados tan errabundos, nos encontramos con personas que sufren nuestra misma condición. No le pregunté su nombre, ni su edad, nada. Todo era un misterio. Recuerdo que la vi sentada al fondo de aquel bar. Nadie le prestaba atención a pesar de su belleza salvaje y evidente. Caminé hacia ella. ¿Acaso era yo el único que podía verla? Llegué a su lado y me saludó emocionada. Noté, sin embargo, un anillo de matrimonio en el dedo anular de su mano izquierda. Ella se dio cuenta y lo cubrió con su otra mano. Decidí no prestarle mayor importancia. Además, yo había retirado el mío segundos antes.

¡Hola! ¿Vienes seguido?-me decidí a preguntarle-No te había visto por aquí. Yo era cliente frecuente de aquel local medio bohemio, medio cosmopolita, de oscuridad corrosiva y etílica, lleno de tufos y pestilencias sobrehumanas.

-No muy seguido –me respondió. Y así inició nuestro coloquio que se extendió alrededor de unos veinte o treinta minutos; no lo sé, el tiempo era la nada para mí en ese momento. Solo veía el fulgor metálico de sus ojos que brillaban en aquellas tinieblas.

-¿En dónde vives?

-En mi casa –bromeé, a lo que ella frunció la frente reprobando aquel chiste cuando ella demostraba valentía. -Perdón, le dije, cerca de acá, como a unas tres cuadras.

Hacía poco tiempo que me había mudado. Siempre buscaba instalarme cerca de aquellos lugares de exposición humana: diferentes personas, sin monotonía, que buscaban por algunos segundos, minutos u horas olvidar el trajín cotidiano para dar rienda suelta a las más pintorescas imágenes de alcohol, libertinaje y alegría.

¿Podríamos ir? Ya me aburrió este lugar -Su tono de decisión me sorprendió. Fue espontáneo y natural. Su deseo se canalizaba en aquellas palabras. Acepté. Nos levantamos de la mesa; tomó su abrigo del respaldo de la silla en la que se había sentado, yo cancelaba nuestras cuentas con el dueño del local.