Los omniscientes N°3, Septiembre 2014 | Page 36

cuántos años! y todo le dije no al amiguito y le di mi dirección al otro porque era más divertido tener que develar lo que era muy misterioso como la vida de Martín que me dijo que vivía en un campamento de gitanos la abundante barba negra y ojos amarronados diferente a todos los rubiecitos gringos de mi pueblo de ojos azules que tanto conocía aunque después de un tiempo le dije sí y otra vez oh cuando salía recién bañadita cara lavada con mis pantalones y camisa calipso esa mañanita en Sevilla caminaba por la calle de los naranjos del Bº. de Santa Cruz cuando al doblar en la esquina me topé con Miguel Ángel de la Universidad Complutense de Madrid y yo de la Universidad del Litoral de Argentina y ¡Ay! El aroma de los azahares y déjame verte qué lindos ojos y me tomó por los hombros y me zampó un beso que me derritió en ese mediodía de 36º grados mientras pasaban los carruajes enjaezados y las sevillanas Olé con sus peinetones y la calle Sta. Maria La Blanca y yo qué impertinente este gallego pensé y me tengo que ir dije y corrí y corrí hasta cuando me di vuelta en la Avda. Menéndez y Pelayo y no lo vi más no me correspondía porque mi marido allá en Argentina sufría un mal incurable … una vez también en Chicago cuando me presentaron a Leo yanqui de Cincinatti que me pasaba a buscar por el Lincoln Park frente a Lake Shore Drive para mostrarme la ciudad y comprarme alfajores de maizena y dulce de leche para que no extrañe y además donnas mientras pasábamos por el barrio gay con banderitas y luces rojo naranja amarillo verde azul y violeta y subimos a Sears Tower uy qué emoción hasta que en el Oak Park bajo los robles me dijo allá en el Piso 12 vivo yo sugestivo y yo me hice la distraída y le di la espalda para mirar el lago Michigan porque él también quería solamente eso y después nos fuimos al barrio vietnamita y allá bajo aquel puente se filmó la última escena de “Los intocables” y… otra vez cuando iba desde Alicante a Barcelona la luna espectral en la noche blanca el tanito Luiggi que trabajaba en la fábrica de papinis a Nápoli ahora estaba de vacaciones y me parlaba cerquita al oído desde el asiento de al lado y yo sólo accedí a que me acompañara y acarree el largo