Los omniscientes N°3, Septiembre 2014 | Page 31

sentía besar, de lo contrario estaría marcado de por vida ante los ojos de sus compañeros, eruditos en cuestiones del amor.

Ya de noche en su casa buscó una bolsa negra y guardó todos sus juguetes, el capitán Francés su muñeco favorito, quien ganó todas las guerras y batallas jugadas y en quien el mundo confió fue el primero en ser guardado. Los carros y demás artefactos de juego siguieron en fila, luego lanzó la bolsa a la fosa oscura que había debajo de su cama, sería su último día como niño. Comenzó a explorar su cuerpo, tocó sus partes íntimas, su compañero de por vida no se despertaba y eso lo asustaba, en su mente seguía pensando en los juguetes. Al amanecer buscaría la ayuda de la única chica capaz de acabar con sus penas, la que era considerada una experta en situaciones indecentes, la que ayudaba a todos a besar, Valentina la indomable. Cerró los ojos y esperó con ansias que la claridad del sol llegara a su cara para ir corriendo al encuentro de su virtual maestra de juventud.

Valentina era considerada por muchos como la más indecente de la escuela, siempre con una chupeta roja en sus labios sonreía con picardía a los demás. Su madre no dejaba que ella se pintara los labios, así que la golosina le servía como lápiz labial, era el gancho para encantar a los niños del lugar y eso era de respetar. Se convirtió en el sinónimo de indecencia cuando una tarde fue descubierta besándose con un adolescente de su edad, todo marchaba bien para los curiosos que merodeaban tras la puerta, hasta que el joven tocó una de sus nalgas cuadradas y ella no opuso resistencia. Desde ese día perdió el respeto de sus amigas quienes horrorizadas por lo ocurrido comenzaron a regar el rumor de salón en salón, en cambio los chicos veían en ella una oportunidad de oro para que la curiosidad desapareciera en los labios carnosos que la acompañaban.“Quiero que me enseñes a besar” le dijo muy seguro Carlos a la adolescente. Ella con detenimiento lo observó de arriba para abajo y de izquierda a derecha, tomó el rostro del niño con sus manos y lo movía de un lugar a otro, luego de un riguroso análisis ya tenía clara su respuesta “Por ser tan lindo solo te pediré que me compres una chupeta roja” Carlos aceptó. Quedaron en verse a la tarde en uno de los salones olvidados del colegio, donde muchos aseguraban aparecía la llorona y fantasmas a llevar a los curiosos al más allá.