Los omniscientes N° 5 , Noviembre 2014 | Page 56

membrana nictitante de tus ojos. Por fin te alejaste, compadeciéndote por los inmutables habitantes de esa hospitalaria ciudad.

Con rápido aleteo, te dirigiste al sur hacia tu destino final. En una hora atisbaste la gran barra costera que se extiende hacia el poniente. A lo lejos, como un refulgente espejo castigado por el sol del mediodía, estaba ella: la pródiga Ciénaga Grande de Santa Marta. Evocaste a tu madre y sus historias contadas sobre el nido. Recordaste que te habló de la existencia de unas aguas encantadas del color esmeralda, provenientes de una mágica montaña, que como cuernos de abundancia derramaba machuelos, lisas, boconas y mil especies más, de abigarradas formas y colores.

Así pues, en la playa Costa verde de la ciudad de Ciénaga, bajaste sobre el estero de un rio, de cuyas aguas bebiste, y en verdad, miel te parecieron. Hambre grande tenías y alarde hiciste de tu arte en pesquerías. Una y otra vez, y muchas más, la bandada y tú, acribillaron el agua con sus agudos picos sin obtener regalo. Sin embargo tragabas, como saboreando un apreciado festín. Luego de varios días de tan infructuoso motín, te abandonaron tus fuerzas, nadaste con toda la bandada hasta esa negra playa teñida de carbón por los derrames consuetudinarios de las barcazas de los puertos carboneros. Allí se entorpecieron tus carnes y se nublaron tus ojos. Y tras un rictus de muerte se te fue el alma. Te fuiste a la nada. Adiós, amigo!

Autor: ABEL RIVERA GARCÍA (Magdalena, Colombia).