Los omniscientes N° 5 , Noviembre 2014 | Seite 55

bálsamo de sus verdes aguas. Sé que descansaste y reasumiste el brío juvenil de los pelícanos occidentales.

Siguiendo el itinerario que trazó tu destino, te enrumbaste hacia el levante, sacando ventaja a los alisios del noroeste con un grácil planeo cruzado, remontando enormes y amenazadores cúmulos, que por estos tiempos transportan los vientos. Dos días más tarde, aterrizaste en la albufera del río Camarones, en la Guajira Colombiana, más exactamente, sobre las espumosas aguas de la laguna de Navío Quebrado. En un frenético entusiasmo, te zambulliste en picada una y otra vez, ávido de peces. Así degustaste el típico manjar de las cachirras, y aún disputaste un delicioso múgil con una garza altanera. Buen partido sacaste a esa abundancia íctica, hasta tanto se secaron y se pintaron de blanco sus hialinas aguas. Te acosaron los pescadores del pueblo circundante, quienes como tú, recogían los peces disecados por las sales y el inclemente sol, cual plateadas monedas esparcidas por el suelo. Y sentiste miedo.

Llegada la alborada, partiste hacia el oeste franco; todavía embelesado por la belleza de este rico humedal. Esta vez, a una voz del mayor de tus hermanos, la bandada juntó ala con ala y dibujó en el firmamento azul una inmensa “V” de la victoria esperada. En tu camino volaste sin deriva por la franja litoral a poca altura. De esta manera, pudiste percibir los colores y el aroma marino del Santuario Natural de los Taironas; mas no te detuviste.

Oteaste La Samaria y te afligieron sus miserias. Planeaste junto a El Morro, y pareciote un gran centinela que guarda su bahía; advertiste los vahos malolientes de los vertimientos en el boquerón del emisario final de su alcantarillado. Los cerros negros de carbón en los tinglados de la terminal portuaria, emanaron una espesa nube de polvillos que irritaron la membrana nictitante de tus ojos. Por fin te alejaste, compadeciéndote por los inmutables habitantes de esa hospitalaria ciudad.