Los omniscientes N° 5 , Noviembre 2014 | Page 40

Durante horas deambulaste bajo la noche marrada. Solo. Habías perdido de vista a tus amigos apenas iniciadas las prometedoras negociaciones con la morenita -llegados a aquel punto, sencillamente no los necesitabas -. Y ella tampoco tuvo a bien acompañarte al destierro -cosa que, por otra parte, ni le pediste ni le reprochas.

Rompía el amanecer cuando, algo aturdido todavía por el alcohol y, sobretodo, por el soberano guantazo -plenamente consciente, sin embargo, de tu decisión - te has visto llamando a la puerta de un tabuco miserable del que alguien –recuerdas bien quien, pero, por discreción, conservarás su anonimato - te había hablado alguna vez. La vulgar madame de ultramar te ha conducido a lo largo de un penumbroso corredor tras acordar precio y minutos -20 y 15, respectivamente -. Al fondo, a la izquierda, la sórdida cámara que albergará el intercambio convenido. Un jergón bajo el moroso titilar de un neón exhausto. Al minuto, ha hecho su aparición en la vil escena la encargada de proporcionar satisfacción a tu cuerpo vapuleado y a tu espíritu humillado. Ni una cosa ni la otra. Se trata de una monstruosa amalgama de encallecida carne negra, incapaz siquiera -o desprovista, probablemente, de todo interés en ello- de fingir no ya un placer que, es evidente, difícilmente debe de sentir, sino alguna traza –mínima, primaria incluso- de humanidad. Has acabado con tu degradación tan pronto como el aturdimiento y la náusea te lo han permitido –rayando en los 15 minutos estipulados, tal como unos leves golpes en la puerta han venido a recalcar.

Cuando al fin te retiras de… eso, te horroriza descubrir el enorme jirón en la goma barata que, con suma apatía, habían desenroscado sobre tu miembro casi fláccido aquellas manos escamosas. Te has arrojado a la calle, el temor a una decena larga de contagios posibles acompañándote en tu camino de regreso a casa.