Los omniscientes N° 5 , Noviembre 2014 | Page 39

De todos modos, en la discoteca a la que os encaminasteis, allí cerca, las habría a espuertas.

Una vez dentro, la dinámica acostumbrada. No te cuesta acercarte y entablar conversación, resultar encantador. Naciste con un don y, durante años, lo has venido cultivando con –casi - profesional dedicación. El primer empujón, de hecho, no te mereció más que una fugaz mirada levemente desdeñosa, embebido como estabas del parloteo risueño de una morenita de apariencia muy poco inocente.

Un imbécil con gorra. Reparaste en él cuando el segundo empellón. Al parecer, la había tomado contigo. De nuevo arremetió contra ti, por tercera vez en muy pocos minutos. Evidentemente, no era accidental. Y le resultaba divertido, a tenor de la sonrisa burlona, dibujada en el rostro rubio de surfista californiano que te observaba sin recato. Tu reacción fue, ahora te consta –ahora -, un tanto precipitada. De haber medido mejor los tiempos, probablemente habrías podido hacer un cálculo aproximado del abismo de peso -y, por ende, de punch - entre vosotros. En cuyo caso, es también muy posible que en este momento el espejo no estuviera devolviéndote una imagen tan deplorable. Porque tu tentativa de cabezazo al puente de la nariz resultó de todo punto inofensiva. Además, vio frenado su ímpetu -ya en sí escaso - por la rígida visera de la gorra. Respuesta de aquel tipejo: la tormenta de golpes arriba descrita, sólo alcanzada a refrenar por media docena de voluntariosos escudos humanos y, quizá -por qué no -, la humanitaria visión del chirlo sangrante junto a tu ceja.

Una pareja de fornidos porteros letones pusieron en la calle a aquel matón mientras la encantadora morenita aplicaba hielo a tu ojo vapuleado. Lástima que, a los pocos minutos, aquellos mismos dos forzudos vinieran a invitarte -con inusitada cortesía, eso sí - a abandonar el local.