Los omniscientes N° 5 , Noviembre 2014 | Page 37

CUENTOS/ RELATOS

Vileza

Te observa desde el espejo. La derrota última. O la penúltima, cabría matizar; pues no dudas de que siga habiéndolas. A pesar de tus reiterados -y sistemáticamente incumplidos - propósitos de enmienda.

El ojo morado, tumefacta firma de tu agresor. Lo mismo que la brecha supurante, medio abierta todavía junto a la ceja izquierda. Y la mandíbula condolida. Excelente pegador, todo sea dicho. Suerte tuviste, ahora lo piensas –ahora -, de encajar sólo uno de entre las decenas de puñetazos que lanzara en tu busca. Puede que, de lo contrario, no lo hubieses contado. O que te asaltasen estas mismas reflexiones en la cama de un hospital -sepultado bajo kilómetros de vendas, alimentado por una sonda nasogástrica... en fin, hecho bicarbonato.

La noche había ido bien, empezó mejor y, no sabes cuándo ni qué, algo en el engranaje de la misma saltó. Con las consecuencias evidenciadas en el espejo, y alguna más que preferirías no imaginar.

Cenasteis en tu casa, unos amigos y tú. Tomasteis las primeras copas, y un par de taxis hasta un bar de moda. Allí bebisteis, reísteis. Charlasteis con algunas chicas. Francamente cómodo, te desenvolvías con la soltura acostumbrada. Todo parecía indicar que de nuevo regresarías acompañado, o que dormirías -unas horas, pocas, apenas si alguna -en el apartamento de soltera, funcional y minimalista, de cualquiera de aquellas escotadas interlocutoras. O no necesariamente -decidiste cuando, para decepción tuya, se marcharon.

De todos modos, en la discoteca a la que os encaminasteis, allí cerca, las habría a espuertas.