LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Page 33

Tincho_1712 XX Un domingo de diciembre antes de las fiestas, Ezequiel vino sorpresivamente, al menos para mí, a almorzar a casa. Lo recuerdo bien. Ese mismo domingo a la tarde Mariano iba a venir a despedirse antes de las vacaciones. Su familia tiene una casa en Punta del Este y todos los años viajan antes de la Navidad y pasan allí todo el verano. En algunos veranos anteriores nosotros pasábamos todo enero con ellos en Punta del Este, este año sería distinto, mi padre había decidido pasar las vacaciones con la abuela. —Tengo muchas cosas que hacer en Buenos Aires —dijo—, no puedo darme el lujo de irme tan lejos. Desde el campo puedo viajar y volver en el día y no descuidar los negocios. Así que, familia, este año nada de mar. No sé qué opinaba mi madre al respecto, yo estaba feliz con la posibilidad de pasar todo el verano en el campo con la abuela. Así estaban las cosas ese domingo cuando abrí la puerta y me encontré con la figura de Ezequiel. Nos dimos un abrazo largo, profundo. —Tenía ganas de verte —le dije en un susurro—, pero papá no me deja. Me miró y sonrió. —Después de comer hablamos. —Y entró a casa con un paso seguro. Yo lo interpreté como una señal de desinterés. No sé qué estaba esperando que hiciera, tal vez que me rescatara de esa casa donde me sentía profundamente infeliz. Después, pensándolo bien, me sentí como un imbécil por eso. El almuerzo transcurrió lentamente, casi sin hablar, o hablando sólo de las vacaciones y de las fiestas. Ezequiel contó que quería pasar fin de año con nosotros en el campo, pensaba irse de vacaciones en febrero, con unos amigos, a Villa Gesell. Sé muy bien que la mesa familiar no es el ámbito más indicado para hablar ciertos temas, pero mi familia me parecía tremendamente hipócrita. Nunca se mencionaba a Ezequiel y cuando se lo hacía, lo he dicho, la mención de su nombre producía chispas. Algunos meses atrás mi madre lloraba por él, mi padre estaba indignado. Y lo peor de todo, al menos para mí, era que me habían prohibido terminantemente verlo. Y ahí estábamos los cuatro charlando de banalidades. De las fiestas y de las vacaciones. * * * —No te creí tan falso —le dije con sorpresa para él y para mí, un rato después del café, cuando nos encontrábamos sentados bajo los pinos en el parque de casa. —No te entiendo, ¿por qué lo decís? —Por todo eso —dije señalando la casa—. Deliciosa la comida, mamá. Pasemos las fiestas juntos, papá —le contesté, parodiando su voz. —Creo que estás confundido —hizo un largo silencio y prosiguió—. La comida de