LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Page 32
Tincho_1712
XIX
Estuve angustiado, sin saber con quién hablar, ni qué hacer. Una tarde vi a mi madre
en el jardín y me acerqué. Cortaba hierbas.
—¿Te ayudo? —le dije.
—Si, claro —contestó, alcanzándome unas tijeras—, corta el tomillo.
Nos quedamos un rato en silencio, envueltos en el perfume de las hierbas. Hasta que
le pregunté.
—¿Por qué nunca hablamos de Ezequiel?
Apoyó las cosas en el piso con mucha calma. Estiró su mano como para acariciarme.
Me miró. Bajó la mano. Luego la vista y dijo en un susurro.
—Hay cosas de las que es mejor no hablar.