LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Seite 26
Tincho_1712
XVI
Cuando sólo quedaban los mayores y Mariano, puse el compact. Yo no sabía quiénes
eran los Dire Straits, nunca los había escuchado, Mariano sí. Mientras charlábamos de
otros temas que tenían y esas cosas, se acercó mi padre.
—Música moderna, je, je —dijo, para luego agregar—: ¿Qué buen regalo, no?
Mi padre no escuchaba jamás música cuyo compositor no hubiera muerto hacía por lo
menos cien años.
En casa no había rastros de otro tipo de música, ni jazz, ni tango, nada.
—A mí, creo que me gusta —le respondí.
—A mí también —agregó Mariano apoyándome.
—Ya se les va a pasar —afirmó mi padre dando por terminada la conversación.
No sé, no recuerdo qué otras cosas me regalaron aquel año, sólo recuerdo el compact.
No creo que eso sea importante. La memoria suele tender muchas trampas. Lo que sí
es seguro es que mi padre no quería que yo me acercara a Ezequiel.
Su nombre había sido tantas veces susurrado, tantas otras callado, que se había
convertido en un enigma, en un misterio. Eso siempre es atrayente.
El misterio. Desde los orígenes de nuestra cultura nos alimentamos del misterio, las
religiones de Occidente se basan en él. Están llenas de misterio, de cosas que son
inaccesibles a la razón y deben ser objetos de fe.
En un libro que leí a los diecisiete, pero que me hubiese gustado leer a los doce, dice
algo así como que el hombre necesita del misterio como del pan y el aire, necesita de
las casas embrujadas, de las personas innombrables, de las calles sin retorno que hay
que esquivar.
El misterio.
Ezequiel se acercó.
—¿Seguís siendo hincha de Racing?
—Sí.
—Te invito a la cancha el próximo domingo.
* * *
Pasé todo el resto del domingo escuchando Dire Straits, pensando si ir o no a la
cancha. Me moría de ganas, pero ir significaba asumir de una vez por todas que
éramos hermanos para bien o para mal. Significaba que tal vez la confusión volvería.
Mi abuela, antes de irse, me había dicho que tenía que ir, que la pasaría bien, que mi
padre no pondría reparos. Yo no estaba tan seguro.
El lunes en el colegio Mariano estuvo toda la mañana repasando la fiesta como si
hubiese sido la suya, tal vez él la sentía así. Estábamos tanto tiempo juntos desde
tantos años atrás que algunos nos decían los mellizos. Y ante los demás mi
cumpleaños era tan importante como el suyo.