LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Page 24

Tincho_1712 XIV Mirando a lo lejos parece que el río y el horizonte fuesen uno. No faltaba mucho para que acabara la tarde. El gris plomizo de las nubes se fundía en el marrón claro del agua. Todo estaba en calma. Ni el agua se movía en la orilla, donde el río se hace barro. Algunos años atrás, cuando las aguas no estaban tan contaminadas, a esta hora las familias se demoraban en irse luego del pic-nic del domingo. Es increíble como cambia todo. La última vez era tan distinto; el río, los árboles, las piedras. Me senté en una piedra a un par de metros del agua. Desde ahí con la vista en el río parece que no hubiera nada más en el mundo, sólo la extensión marrón interminable y yo. Hay muchos que piensan que nuestro destino ya está escrito, que ninguna de nuestras acciones es fruto del azar, que nada de lo que hagamos puede modificar nada. Me cuesta creerlo. Me cuesta creer que toda esta confusión es sólo producto del destino. Me gustaría que mi todo volviera a estar en orden, tranquilo como hoy está el río. No sentirme tironeado por obligaciones y deberes que no sé si son correctos. Pero ¿qué es lo correcto? Indudablemente obedecer a mis padres. Ellos hacen lo mejor por mí. Aunque también habrán hecho lo mejor por Ezequiel, y ahora no están conformes con él. Ezequiel. ¿Por qué sentirme obligado a verlo? Siempre fue una referencia lejana, nunca estuvo presente en mi vida, al menos la de los últimos años. El viento se levanta con fuerza, el río, antes quieto, ahora se agita y me moja los pies. Vuelan hojas y ramas. Tengo que irme antes que llueva si no quiero empaparme. Tal vez así sea mi destino. Calmas y tormentas.